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A un mes del accidente del Prestige, sus
consecuencias medioambientales, económicas y políticas
sobrepasan abrumadoramente las optimistas estimaciones que
se hicieron los días inmediatos al 13 de noviembre
de 2002.
La magnitud del desastre ecológico
que el fuel del Prestige ha causado hasta el momento, con
600 km de costa afectada, es sólo comparable a la del
Exxon Valdez, que en 1989 afectó a 800 km de costa
en Alaska. A partir de ahora, y tal y como están evolucionando
las 50.000 toneladas que todavía permanecen en el petrolero
hundido, las cosas sólo pueden ir a peor.
En contra de las previsiones hechas por Mariano
Rajoy, Vicepresidente del Gobierno Español, cuando
se tomó la decisión de hundir el barco en lugar
de acercarlo a puerto para vaciar los tanques de su peligrosa
carga, el fuel lejos de solidificarse, escapa del Prestige
a razón de 125 toneladas diarias (según información
suministrada por el Gobierno) por las 14 grietas que el Nautilus
ha encontrado hasta el momento en su casco. Lo que supone
que todo el fuel que el barco tiene en su interior acabará
saliendo antes o después, bien de forma progresiva
o a modo de expresión violenta.
Las previsiones de Rajoy y de los técnicos
cuyas indicaciones asegura que siguió, venían
avaladas por los análisis realizados por Saybolt, laboratorio
que se encargó de examinar el fuel a petición
de la compañía que fletó la carga en
Tallin (Estonia), que aseguraba que el fuel se solidificaba
a una temperatura de 6 grados. El hecho es que el fuel no
está solidificando a una temperatura de 2,5 grados
(temperatura a la que se encuentra a 3.600 m de profundidad),
lo que indica que nos encontramos ante un fuel de una alta
toxicidad y peligrosidad, que se mezcla con el agua del mar
y forma una emulsión que duplica el volumen inicial,
y que al ser más denso que el agua, tiende a emerger.
Por añadidura, al haberse producido el hundimiento
en alta mar, la contaminación se disemina con mayor
facilidad.
La marea negra ha salpicado también
a la vida política española. El Gobierno empieza
a tomar medidas de última hora ante la avalancha de
críticas recibidas por parte de la oposición
por su mala gestión, y dejadez ante la catástrofe,
y ante los resultados de los barómetros de intención
de voto y de opinión pública sobre la actuación
del Gobierno ante la crisis del Prestige (el 80% de los españoles
piensa que el Gobierno no ha estado a la altura de las circunstancias).
25 días después del accidente,
Aznar envía a 3.500 efectivos del ejército (cuando
el pasado fin de semana el número de voluntarios ascendía
a 10.000, lo que significa que el grueso del trabajo lo siguen
realizando voluntarios y pescadores) en un intento de sacar
a flote su desprestigiada imagen. De nuevo hace uso de los
medios de comunicación, en particular de la primera
cadena de televisión española, para anunciar
a bombo y platillo que el ejército está en camino
para "salvar" a Galicia. Los informativos se realizan
desde los barcos militares que se dirigen a las costas gallegas
y a todas horas nos repiten el número de efectivos
que han sido enviados y lo bien que recogen el chapapote de
las playas.
Fraga, presidente de la Xunta de Galicia,
se enfrenta a dos mociones de censura propuestas por el PSdeG
(Partido Socialista Gallego)y el BNG (Bloque Nacionalista
Gallego). Álvarez Cascos y Matas (Ministro de Fomento
y de Medio Ambiente respectivamente) se enfrentan a una denuncia
de IU por presunto delito ecológico y a otra de los
Verdes por presunto delito de prevaricación ecológica,
que se fundamentan en la actuación negligente y dejación
de responsabilidades de Álvarez Cascos y Matas. Las
dimisiones se piden a gritos, tanto en la esfera política
como en la pública.
Oposición y sociedad civil se preguntan
por qué Aznar ha acudido con tanto retraso al Congreso
(un mes después del accidente), y en su lugar a recurrido
a la televisión, para realizar una entrevista y hablar
de las actuaciones del Gobierno ante la crisis. Así
mismo, no tiene justificación que Aznar todavía
no haya puesto un pie en Galicia.
El Gobierno acusa a la oposición de
oportunismo político y de hacer campaña para
conseguir votos.
España se enfrenta a la misión
casi imposible de rescatar miles de toneladas de fuel del
interior del barco, a la dificultad de recoger otras tantas
toneladas vertidas al mar (hasta el momento se han recogido
10.000 toneladas), a la limpieza de las costas afectadas por
el vertido, y a un problema medioambiental y económico
cuyas dimensiones son todavía desconocidas.
Por el momento el coste de la limpieza del
vertido en las costas asciende a 58,6 millones de euros. Al
Gobierno y a los damnificados les va a resultar muy difícil
encontrar un grupo petrolero que se quiera hacer responsable
del desastre y del pago de las indemnizaciones. A diferencia
de lo que hicieron Exxon, después del naufragio del
Exxon Valdés en 1989, y Total Fina Elf en el hundimiento
del Erika una década después, Crown Resources,
la petrolera que contrató el Prestige, y Alfa Group,
el consorcio ruso para el que trabajaba el barco, se niegan
a pagar un solo céntimo (amparados en el hecho de que
la prohibición de navegación a barcos monocasco
no se producirá hasta dentro de 12 años). Los
expertos en Derecho Comercial Internacional y en Derecho Marítimo
de la Universidad de Zurich consultados afirman que sólo
es posible llevar al fletador a los tribunales en caso de
que se logre comprobar que ha sido una de las causas del surgimiento
del daño, hecho difícilmente demostrable en
el caso del Prestige.
Mientras los gallegos y España entera
lloran por la catástrofe, el Byzantio, otro buque de
idénticas características a las del Prestige,
navega rumbo a Gibraltar con una carga de 50.000 toneladas
de crudo...
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