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Tras el naufragio del petrolero Prestige
frente a las costas españolas de Galicia el pasado
19 de noviembre, se alzaron voces pidiendo ayuda para evitar
la catástrofe ecológica. El Gobierno conservador
de Aznar se apresuró a acallarlas confiado en que no
se cumpliría la amenaza. Dos semanas después,
casi 200 playas gallegas se ven afectadas, decenas de ellas
sepultadas bajo el oro negro" y varias regiones,
además de Galicia, temen por sus costas, mientras Francia
y Portugal se movilizan ante el peligro de que la marea negra
les invada también a ellos.
En muchas ocasiones los desastres ecológicos
ocurren por casualidades, incluso se puede hablar de infortunios,
pero hay que tener reflejos para controlarlos a tiempo y que
sus consecuencias no sean desorbitadas. La amenaza que suponía
el Prestige era un hecho anunciado. Miles de puestos
de trabajo de pescadores y marisqueros estaban en juego, así
como el hábitat de miles de especies animales y vegetales.
Los primeros lloran las pérdidas; los segundos yacen
bajo el peso de toneladas de fuel. Aparte del armador, culpable
directo de la tragedia, el Gobierno central español
y el autonómico gallego han pasado a ser cómplices
por la desidia que ha caracterizado su no intervención.
El presidente de la comunidad autonómica
de Galicia pasó el fin de semana posterior al hundimiento
del petrolero de caza a más de 600 kilómetros
del suceso; el Ministro de Medio Ambiente, como el de Agricultura,
Pesca y Alimentación, desaparecidos; el Ministro de
Fomento, cazando ciervos; Aznar, Presidente del Gobierno,
todavía no ha acudido a la zona afectada. ¿Qué
tiene que ocurrir para que los teóricamente representantes
de los intereses ciudadanos hagan acto de presencia en un
suceso de tal magnitud?
Estas ausencias no serían importantes
si los medios para detener la marea negra hubieran sido efectivos
y oportunos. Miles de voluntarios limpian las playas con recursos
caseros, sin mascarillas adecuadas y sin la ayuda de expertos.
En Portugal el ejército ha sido movilizado como previsión,
mientras que un destructor francés expulsó el
pasado martes de sus aguas territoriales un petrolero monocasco
bajo bandera de conveniencia ante el riesgo que conlleva esta
clase de barcos. En España el único día
en que se movilizó a personal preparado fue el lunes
2 de diciembre ante la visita del Rey. Posteriormente desaparecieron.
Mientras, cientos de barcos pesqueros salen de los puertos
para recoger el fuel que se encuentra sobre la superficie.
Las manos que ayer lanzaban las redes para capturar los peces
hoy se manchan intentando salvar su única fuente de
vida: el mar.
Las consecuencias aún pueden ser mayores.
Los científicos de la revista Science, una de las publicaciones
científicas más importantes de Estados Unidos,
culpan al Gobierno español por la magnitud del desastre
del Prestige. El último número recoge
una colección de críticas sobre su actuación.
La Universidad de Alaska, desgraciadamente con experiencia
en este tipo de desastres por el vertido de 40 millones de
litros de crudo del Exxon Valdez, asegura que
el fuel del Prestige no se quedará congelado
en el fondo del mar. Y desde la Institución Oceanográfica
de Massachussets se advierte que el vertido puede producir
daños cerebrales y genéticos en los peces que
podrían durar 13 años.
La Unión Europea, con Francia a la
cabeza, alarmada ante este desastre, pretende redactar un
protocolo para evitar la navegación por aguas europeas
de barcos con mercancías peligrosas bajo banderas de
conveniencia. El Gobierno de España parece no aprender
de las desgracias y en la actualidad son más de diez
los barcos de estas características amarrados en puertos
españoles. En los atentados ecológicos que se
han cometido en España (por los petroleros Mar
Egeo y ahora el Prestige) y en el desastre
de las minas de Azanalcollar en Doñana en el año
1998, ha quedado demostrado que los bienes de todos no interesan.
La incapacidad y la desidia de la que ha hecho gala el Gobierno
español, y en algunas ocasiones otros países
de la Unión Europea, evidencian que la conservación
del medio ambiente está siempre en un segundo plano.
La gaviota, símbolo del Partido Popular
español, está llena de fuel. En los próximos
meses habrá elecciones municipales y autonómicas
y se verá si estos hechos influyen en los votantes.
Por lo visto, la ecología no entra en los planes de
globalización de las autoridades internacionales. Las
multas por los delitos ecológicos no se pagan y las
cárceles no encierran culpables de los numerosos ataques
contra la Tierra. Si alguien quema mi casa exijo que me abonen
los destrozos; si alguien destruye el mundo, ¿no habrá
que reclamar aún más?
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