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La soja transgénica, el "boom"
agrícola de la Argentina, superó el último
gran escollo que le quedaba a nivel mundial: fue aprobada
en Brasil. De esta manera, ya no existen diferencias entre
los tres mayores productores de la oleaginosa, y se alejan
los fantasmas sobre posibles premios y castigos en los diferentes
mercados.
El tema es clave para la Argentina, porque
un 20% de sus exportaciones dependen del poroto. Por eso,
en Agricultura recibieron la noticia de la aprobación
de la soja RR (resistente al herbicida glifosato) en Brasil
con un suspiro de alivio. Es que ahora las condiciones son
parejas para EE.UU., Brasil y la Argentina, que concentran
82% de la producción y 92% de las exportaciones mundiales
de ese cultivo.
El vecino país autorizó la
siembra y comercialización de soja genéticamente
modificada en medio de fuertes polémicas internas.
Pero casi no le quedaba alternativa, porque la soja RR ya
era sembrada ilegalmente en millones de hectáreas,
sobre todo en Rio Grande do Sul, con semillas originalmente
contrabandeadas desde la Argentina.
De todos modos, Luiz Inácio Lula da
Silva puso condiciones. Por un lado dispuso una habilitación
provisoria para el ciclo 2003/04. Y por el otro, está
en vías de implementar un sistema de etiquetado obligatorio,
para que los consumidores puedan decidir ante los alimentos
que contengan el transgénico.
En EE.UU. y la Argentina, primer y tercer
productor mundiales respectivamente, la soja RR está
permitida desde 1996. Pero en Brasil, los consumidores recurrieron
varias veces a la justicia. Esto implicaba la existencia de
un doble estándar y se temía que el mercado
internacional terminara imponiendo premios y castigos a una
y otra producción.
Ahora será mucho más difícil
que eso suceda, y lo más probable es que quien quiera
soja convencional deba pagar un sobreprecio. Era lo que pretendía
la Argentina, donde el 95% de la cosecha ya es transgénica.
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