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Actualmente registramos una cifra de alrededor
de 300 mil productores expulsados y más de 13 millones
de hectáreas embargadas por deudas hipotecarias impagables.
A esta situación de catástrofe social agropecuaria
deberíamos sumar la emigración masiva de los
obreros rurales.
La crisis actual de la Argentina es una crisis
absoluta en que se desploman los fundamentos mismos de nuestra
identidad como Nación y donde el extendido desarraigo
agrega una generalizada desolación en la población.
Estamos pensando y operando como grupo, conscientes de vivir
en una situación de catástrofe social y cultural
de consecuencias imprevisibles. Además y como si fuese
un maleficio, advertimos que el común de los argentinos
continúa viéndose a sí mismos como habitantes
del país de las vacas y las mieses. Y por lo tanto
deducen que el problema es de inequidad y de falta de distribución.
Las causas reales del desastre permanecen a salvo en la penumbra
de la invisibilidad social.
El modelo rural que se nos impuso es sencillamente
de exportación de "commodities", de concentración
de tierras y de exclusión de poblaciones. 20 millones
de hectáreas de las mejores tierras agrícolas
están hoy en manos de no más de 2.000 empresas.
En los años 90 se produjo la mayor transferencia de
campos de toda la historia del país, siendo reemplazada
la vieja oligarquía vacuna por una nueva clase empresarial
oligopólica y prebendaria. En los inicios de esa década
alguien del equipo económico emitió una profecía
autocumplida, la desaparición de la mayor parte de
los pequeños productores. Actualmente registramos una
cifra de alrededor de 300 mil productores expulsados y más
de 13 millones de hectáreas embargadas por deudas hipotecarias
impagables. A esta situación de catástrofe social
agropecuaria deberíamos sumar la emigración
masiva de los obreros rurales. Solo en el Chaco cada máquina
reemplazó a 500 braseros. Los pooles de siembra que
concentraron tierras convirtieron a los productores en rentistas
de sus propios campos. Los nuevos paquetes tecnológicos
constituidos por los sistemas de siembra directa con enorme
maquinaria importada, los herbicidas de Monsanto y las sojas
transgénicas RR (soja resistente al herbicida glifosato)
no demoraron en modificar el paisaje instalando una agricultura
sin agricultores. La extendida telaraña de contratistas
de maquinaria y de repuestería rural, así como
las distribuidoras locales de insumos y toda la vida cultural
y social que acompañaba a la pequeña agroindustria
desaparecieron dejando inmensos territorios vacíos.
Nuestro país pareciera ser un laboratorio
donde se experimenta la extinción de la vida rural.
Se registran actualmente más de 500 pueblos abandonados
o en vías de desaparición. Posiblemente, la
mayor proporción en el mundo de este fenómeno
de emigración hacia los cinturones de pobreza urbana.
Los efectos de esta pérdida progresiva de la cultura
y del arraigo, tienen efectos directos sobre la vida política
y social del resto de la Argentina y se refleja en un debilitamiento
progresivo de la vida ciudadana que con un esfuerzo enorme
tratan de remontar las movilizaciones populares a partir del
19 y 20 de diciembre.
En verdad estamos ocupados por las transnacionales
de las semillas. Cargill, Nidera y Monsanto nos convirtieron
en un país inviable, productor de sojas transgénicas
y exportador de forrajes. Producimos lo que a todos le sobra
y lo que cada vez vale menos. Y cuanto más producimos
más pobres somos y menos población queda en
el campo. La apropiación sistemática de los
patrimonios genéticos nos ha transformado en dependientes
de las semillas transnacionales que nos obligan a tributar
a quienes hacen una industria de patentar la vida. Mientras
tanto nuestros propios bancos de germoplasma están
sujetos a las políticas biotecnológicas.
En el año anterior intensas lluvias
produjeron la prolongada inundación de más de
5 millones de hectáreas sólo en la provincia
de Buenos Aires. En general se manipuló a la opinión
pública para enfrentar las consecuencias de la emergencia
y los modos de paliarla, pero se evitó cuidadosamente
analizar las causas. Nosotros creemos que las inundaciones
fueron el resultado de un modelo agrícola extractivo,
casi minero, que expandió la frontera agropecuaria
sojera a zonas de bosque nativo y que saturó los suelos
de glifosato poniendo en serios riesgos su vida microbiana.
De hecho las estadísticas demuestran que sobre poco
más de 10 millones de hectáreas de cultivos
transgénicos se están aplicando cerca de 80
millones de litros de herbicidas anuales. En algunos lugares
se ha experimentado la práctica desaparición
de las Azotobacter (bacteria fijadora de nitrógeno)
del suelo y la acumulación de los barbechos que al
no ser procesada su celulosa tienden a momificarse, tomando
un color muy particular que muestra la interrupción
de los ciclos biológicos. Esta conversión del
suelo en substrato similar a cenizas o arena impide la retención
del agua y provoca el crecimiento de las napas superficiales
que son las que terminan inundando las zonas bajas.
Con la despoblación del campo, las
inundaciones y la creciente pobreza subsidiamos de hecho la
producción de carnes estabuladas en Europa. Nos hemos
especializado en proveer de insumos a los países productores
de proteínas animales. Se nos impuso el productivismo
junto a los paquetes tecnológicos, y con ello una competencia
despiadada para bajar los costos de producción y un
pensar siempre en aumentar las cantidades y nunca la calidad.
Las consecuencias son la primarización de la economía,
la falta de manufacturas agropecuarias, la extinción
de la vida rural y las crisis de superproducción en
paralelo a enormes carencias alimentarias de la población.
El sistema imaginó al asistencialismo
como un modo de compensar el modelo de exportación
de "commodities" y de despoblamiento rural. La mitad
de la población argentina se encuentra actualmente
por debajo de los niveles de pobreza y cinco millones sufren
hambre. Los bolsones de comida que se distribuyen a los hambrientos
son en gran medida provenientes de la importación,
con lo cual se transforma la protesta en funcional al modelo
ya que la importación de alimentos golpea aún
más todavía sobre los pequeños productores
residuales. Mientras tanto continúa la polémica
entre los planes trabajar que propone el gobierno, los subsidios
al empleo que propone la oposición y otros modos de
paliar la situación y de discutir siempre lo accesorio.
La mirada de la izquierda urbana muere en el perímetro
de la ciudad, mientras la máquina de producir pobres
se mantiene protegida en la invisibilidad social.
Ahora la agudización de la crisis
y la carencia extrema de las arcas del Estado obligan a implantar
retenciones a los exportadores de granos. Estas medidas instalan
la crisis del modelo en un campo más vasto de conflictos
políticos. Los exportadores eluden las retenciones
y amparados en antiguas leyes de la dictadura militar secuestran
las divisas para que se dispare el dólar, mientras
proponen calmar el hambre de los indigentes con raciones de
soja transgénica forrajera. Las milanesas de soja transgénica
que se nos propone representan hoy las migajas de un banquete
de los grandes productores y exportadores sojeros, pero son
también y sobre todo el soborno con que se asegura
la continuación del modelo.
Nosotros como Grupo de Reflexión Rural
hemos disentido públicamente con ciertas campañas
de Greenpeace Argentina a favor del Biodiesel, que parecen
priorizar ciertas ecuaciones energéticas pero que no
tienen en cuenta el modelo agrario y el tipo de semillas con
que se fabricaría ese combustible vegetal. De hecho
varios municipios del sur de la provincia de Santa Fe, en
el corazón del dominio biotecnológico, están
embarcados en un proyecto de gasoil verde que cierra absolutamente
con el modelo. El negocio de las transnacionales está
en la venta de insumos, de Glifosatos y de semillas OGMs,
y también en la apropiación del territorio,
pero las sojas transgénicas tienen problemas de comercialización.
Por otra parte, es evidente que cultivos industriales destinados
a biodiesel sólo se justificarían con una agricultura
de gran escala y donde no habría mayores objeciones
al uso de transgénicos dado que no serían destinados
los granos a la alimentación. Entonces cultivaríamos
soja o girasol para producir combustibles, que a su vez usaríamos
para cultivar soja y girasol, con lo cual haríamos
combustible, etc., etc. Creemos que estas razones son más
que suficientes para no insistir en la campaña del
biodiesel al menos desde posiciones ecologistas.
Estamos inmersos en la crisis terminal del
sistema político. Actualmente y debido al intento de
colocar retenciones a las exportaciones, los principales gobernadores
realizaron lobbies desembozados a favor del complejo sojero-aceitero.
La reciente renuncia del Secretario de Agricultura es la consecuencia
de estas tensiones y expresa una vez más la capitulación
de la política ante los poderes concentrados.
La solución a la crisis es la de cambiar
el modelo rural y repoblar el campo para volver a producir
alimentos sanos. Necesitamos hacer de la Soberanía
Alimentaria un capítulo de la nueva Constitución
Nacional que reclaman las Asambleas de Vecinos. Asimismo necesitamos
con urgencia terminar con las regulaciones a las pequeñas
producciones agropecuarias, para establecer un escalón
libre de impuestos que posibilite los mercados y los Desarrollos
Locales. Frente al chantaje de los exportadores amparados
en las leyes de facto de la Dictadura es preciso asimismo
nacionalizar el Comercio Exterior, recuperando instituciones
reguladoras del Estado como fueran el IAPI, Instituto Argentino
de Promoción del Intercambio en los años 50
y la Junta de Granos hasta mediados de los años 90.
Sólo de esta manera será posible para la Argentina
remontar la situación en la que nos encontramos. Mientras
tanto y mientras tratamos de hacer de la crisis una oportunidad
para nuestras propuestas de agricultura alternativa, quisiéramos
que nuestra historia de sumisión a las transnacionales
de la biotecnología sea tomada como ejemplo por los
demás hermanos latinoamericanos para no repetir nuestro
camino.
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