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Como se ha convertido en una joya, la llaman
el "oro azul". El agua, su vertiginoso camino a
la escasez y la falta de acceso a este bien natural pero cada
vez más ajeno para grandes mayorías, ocupó
las discusiones en la 3ø jornada de la Cumbre Internacional
sobre Desarrollo Sustentable, en Johannesburgo.
"Las guerras del próximo siglo
serán por el agua". La advertencia, de una contundencia
demoledora, la pronunció en 1999 Ismail Serageldin,
vicepresidente del Banco Mundial. Tres años después
comienzan a verificarse esas palabras.
Según un informe de las Naciones Unidas,
1.100 millones de personas en todo el mundo viven sin agua
potable. La cifra trepa de manera escalofriante al hablar
de cuánta gente vive en condiciones de salubridad indignas:
son 2.400 millones los hombres y mujeres sin acceso a instalaciones
sanitarias decentes para los parámetros estándard
de salud mundial. El corolario es previsible pero no por eso
menos doloroso. Cada año 2.2 millones de personas mueren
en el mundo a causa de enfermedades vinculadas con aguas contaminadas.
La gran mayoría son niños.
Los delegados de los 189 países reunidos
en la cumbre discutieron ayer de qué manera trabajar
para conseguir reducir a la mitad el número de pobres
en el mundo, sin acceso al agua, para el año 2015.
Los escépticos siguen mirando con desconfianza: las
necesidades del norte no son las del sur y la Unión
Europea tiene proyectos que no son los mismos que planea Estados
Unidos.
Los delegados del país que preside
George W. Bush se cansan de repetir que no quieren comprometerse
a firmar objetivos. "Los objetivos no salvan a los niños.
Lo importante es la acción", dijo sin titubear
John Turner, un hombre del Departamento de Estado ante una
serie de periodistas, entre ellos la representante de la agencia
italiana ANSA.
La UE, en cambio, quiere un compromiso escrito
de los países participantes para lograr la reducción
de la pobreza en un 50% y, de la mano de este objetivo, la
purificación del agua. Con la purificación se
reducirían las enfermedades en un 75%.
En Johannesburgo, el ex presidente sudafricano
Nelson Mandela pidió ayer a los sectores públicos
y privados que hagan del acceso al agua "un derecho humano
básico". Mandela estuvo acompañado por
el príncipe Guillermo de Holanda el marido de
la argentina Máxima Zorreguieta , quien presidió
el Segundo Foro del Agua en La Haya, en el 2000. En esa oportunidad
se sentaron las bases de lo que hoy se padece: el agua como
mercancía.
Maude Barlow y Tony Clarke escribieron un
informe llamado Oro azul. La lucha por frenar el robo corporativo
del agua del mundo. En su documentado trabajo, un muestrario
del daño humano y social que está provocando
la mercantilización del agua, los autores se distancian
de la definición que hacen el Banco Mundial y la ONU,
que hablan del agua como necesidad humana y no como derecho
humano.
"No es un juego semántico escriben;
una necesidad humana puede cubrirse de diferentes maneras,
sobre todo si se tiene dinero. Pero nadie puede comprar un
derecho humano". Barlow y Clarke describen en detalle
el crecimiento de la venta de agua embotellada y sus consecuencias
sociales, políticas y ecológicas.
Básicamente, la secuencia es así.
Mientras enormes poblaciones no tienen acceso a la salubridad,
grandes corporaciones venden agua "pura" embotellada
para "subsanar" el mal. Entre 1970 y 2000, la venta
de este agua creció más de 80 veces. En 1970
se vendieron en el mundo mil millones de litros. En 2000,
84 mil millones. Las ganancias fueron de 22 mil millones de
dólares.
En 1999, el Consejo de Defensa de los Recursos
Naturales de EE.UU. hizo un estudio que determinó que
un tercio de las 103 marcas estudiadas contenía niveles
de contaminación, entre ellos de arsénico y
de la bacteria escherichia coli. El estudio señalaba
la paradoja de que en muchos países el agua embotellada
es testeada con menos rigor que el agua de la canilla.
El marketing tiene sus efectos y en los últimos
años una suerte de "Manual de Estilo de la Vida
Sana" que prendió en el imaginario colectivo dice
que el agua mineral es más saludable, aunque la FAO
declaró en 1997 que es "falso" que el agua
embotellada tenga más valores nutritivos que el chorro
que desprenden los grifos de las canillas particulares.
El otro eje de la política que hizo
del agua una industria tan poderosa es la carrera por su privatización,
donde el público paga por el suministro de un bien
natural. Mientras en Sandton los diplomáticos discuten
sobre desalinización y trazan el punto a punto de un
documento final incierto y sobre sobrevuela la desconfianza,
en el foro paralelo de ONG''s, un hombre cuenta la pequeña
epopeya de su pueblo.
Oscar Oliveira (47) es zapatero, pero en
Cochabamba, Bolivia, lo conocen por haber estado a la cabeza
de "la guerra del agua", un episodio histórico
que duró ocho días en el que los habitantes
resistieron a la privatización del agua y echaron a
la compañía Bectel, con sede en San Francisco,
EE. UU., que había firmado con el gobierno una concesión
por 40 años.
"Dijimos ''basta''. Mostramos que teníamos
voz y no pudieron pararnos ni jueces, ni ministros ni abogados",
le dijo Oliveira a la agencia AFP. Hoy en Cochabamba el agua
es administrada por una cooperativa gestionada por los habitantes
del lugar. La empresa Bectel denunció, hace unas semanas,
al estado boliviano ante un tribunal internacional. Pide que
la compensen con 25 millones de dólares por "la
imposibilidad de generar ganancias".
¿Quién es el dueño del recurso?
Los detractores de las cumbres internacionales
multitudinarias tendrán quizás, cuando concluya
la reunión de Sudáfrica, uno de sus festines
anuales. Hay una posibilidad de que la burocracia y los multilaterales
intereses políticos y económicos se encarguen
de arrojar a una bolsa sin fondo el poco o mucho resultado
concreto logrado tras días de áspero debate.
Pero, sin embargo, habría que darle una chance de éxito
a quienes apuestan por este encuentro de Johannesburgo. Con
convincente simpleza, afirman que el problema que se discute
allí interesa hasta al vecino del piso de arriba y
que se reduce, con sus más y sus menos, a la siguiente
pregunta: ¿Quién es, en verdad, el dueño
del agua?
Para comprender la sensatez de esa presunción
hay que considerar un rosario de datos. En primer lugar, el
problema de la extracción, distribución y consumo
del agua lo muestran la Biblia o el Corán
tiene la edad del mundo. Ha dado incluso lugar, como lo muestra
Oriente Medio, a conflictos de gran magnitud. Pero lo nuevo
del caso es que, desde hace una década, se acumulan
las cifras que presagian que el planeta se encamina a una
escasez cada vez más marcada.
Según la ONU y el World Water Forum,
que sesionó en La Haya hace dos años, 1.100
millones de personas un sexto de la raza humana
carecen de agua potable. Cada 8 segundos muere un chico por
agua contaminada. Si bien el 70% del planeta está compuesto
por agua, sólo el 2,5% no es salada. Si se tiene en
cuenta que en 1996 se usaba el 54% del agua dulce disponible,
las previsiones marcan que al compás del aumento
de los habitantes en el 2025 ese uso trepará
al 75%.
Sobre ese panorama devastador asoma ahora
otra arista del problema discutido en Sudáfrica, ligado
a la pelea económica de fondo entre las diez grandes
empresas del planeta que manejan el negocio del agua. Según
datos privados y el Banco Mundial, se reparten por año
200.000 millones de dólares en beneficios. Argentina,
a través de las francesas Vivendi y Suez, las dos gigantes
mundiales del sector, es uno de los 150 países en los
que operan.
La ofensiva del sector privado sobre un recurso
natural considerado en general como una herencia común
de la humanidad y un elemento no negociable ha dado lugar
a una contradicción que estalla justo ante las alarmas
por la escasez.
De un lado, gobiernos de todo el mundo incluso
de países desarrollados están abdicando
de su responsabilidad de tutela de recursos naturales en favor
de las empresas. A la par de una mejora en la provisión
del servicio, la intervención privada dio pie en algunos
lugares a un aumento descomunal del costo del agua. En Tucumán,
Vivendi enfrentó la furia popular. En Sudáfrica,
cerca de donde se realiza la cumbre, la empresa concesionada
con el suministro no tuvo empacho en cerrar la canilla de
un 80% de los pobladores de Alexandra Township por falta de
pago.
Recostándose en esa cara del problema,
organismos ecológicos y de derechos humanos cuestionan
ahora la privatización del agua. El argumento de proa
que usan es: ¿Debería el agua, una sustancia
esencial para la vida, ser un bien sometible al regateo de
precios del mercado? ¿Debe ser vendida como una "commodity"
o bien tangible sujeto a negociación como, por ejemplo,
una materia prima cualquiera?
El alcance de ese debate no sólo apunta
al bolsillo de cualquier consumidor, sino que es una estocada
al estómago del fundamentalismo de mercado imperante
en la aldea global, por el cual todo tiene precio, y con mayor
razón lo que es escaso.
Ante el encono que la globalización
salvaje se ha granjeado en ciudadanos de todo el mundo, no
parece prudente estimar que la disputa se acabe en Sudáfrica.
La revista Fortune lo expresó con todas las letras:
" El agua promete ser en el siglo XXI lo que fue el petróleo
para el siglo XX: el bien precioso que determina la riqueza
de las naciones". Sin embargo, hay un detalle de extraordinaria
importancia. Contra el proyecto original, 160 gobiernos reunidos
en La Haya en el 2000 acordaron definir al agua como una "necesidad
humana" y no como "un derecho del hombre".
No es pura semántica. Un derecho no se compra. Una
necesidad puede ser cubierta de muchas maneras, en especial
si se tiene plata. Este es un antecedente que influirá
decisivamente en la discusión.
Un valor estratégico en Oriente
Medio
Desde que hace 4.500 años dos ciudades
fueron a la guerra por el caudal del Eufrates y el Tigris
hoy el sur iraquí el agua ha envenenado
las relaciones internacionales en Oriente Medio. En una región
donde la lluvia es casi un milagro y las temperaturas en verano
superan con comodidad los 50 grados, no es raro que el agua
se haya erigido como un elemento estratégico de constante
disputa.
La preciosa cuenca del Eufrates es un terreno
explosivo, donde Siria y Turquía estuvieron varias
veces a punto de cruzarse en armas. En las montañas
de Anatolia se encuentran las fuentes del legendario río
que desciende hasta Siria y es la principal fuente de recursos
hídricos del país.
A principios de los 90, Turquía decidió
construir una inmensa represa para regar una vasta zona agrícola
turca. Los sirios se enfurecieron porque la obra disminuye
el caudal del río a la mitad y entorpece no sólo
el riego sino las fuentes de energía. En el 93, por
ejemplo, ciudades rurales sirias tuvieron sólo 3 horas
diarias de luz. La tensión fue creciendo poco a poco:
varias veces hubo concentración de tropas en la frontera
y el gobierno turco denunció que los sirios apoyaron
las actividades de la guerrilla kurda del PKK, que lucha contra
el gobierno de Ankara para obtener un estado independiente.
Otro país involucrado en este conflicto
es Irak, hacia donde también van las aguas del Eufrates.
Desde hace más de una década, los tres estados
vienen negociando qué hacer con el bendito río.
Siria e Irak reclaman que el agua se divida en tres partes
iguales, pero Turquía reclama más de la mitad
para provecho propio.
Además de los problemas con el Eufrates,
Irak tiene otro frente de tormenta con el agua porque la coalición
liderada por EE.UU. apuntó sus bombas contra gran parte
de sus plantas abastecedoras durante la guerra del Golfo.
Bagdad sabe lo estratégico que es el elemento en la
región: cuando las tropas de Saddam invadieron Kuwait
en 1990, lo primero que hicieron fue destruir las plantas
de desalinización kuwaitíes.
En el plano hídrico, Siria también
presiona por otros frentes. Durante la guerra de los Seis
Días, en 1967, Damasco perdió en manos de Israel
las Alturas del Golán, una meseta que no sólo
es estratégica desde el punto de vista militar: regaba
gran parte del sur sirio. Para Siria es fundamental controlar
la divisoria de aguas de ese territorio, donde está
recostado el Mar de Galilea y el río Jordán,
cuyos recursos son aprovechados por Israel.
Israelíes y palestinos también
tienen su propia disputa por el agua. Desde la ocupación
de Cisjordania, en 1967, Israel controla el suministro de
las fuentes hídricas desde el río Jordán
hasta el Mediterráneo. Esto significa la determinación
del consumo y la distribución de acuerdo a las nacionalidades.
Desde el establecimiento de la Autoridad Nacional Palestina
el problema no ha cambiado: los palestinos dependen de los
recursos administrados por los israelíes, un tema que
ha sido denunciado por grupos de derechos humanos.
Según una investigación del
diario Haaretz, "el principio israelí de distribución
del agua es que cada palestino debe arreglarse con un tercio
o un cuarto de la cantidad que usan los israelíes".
Eso significa que cuando se restringe el consumo por sequía
este año, por ejemplo los israelíes
se ven impedidos de lavar el auto o de regar el jardín.
Para los palestinos, en cambio, un recorte equivale a que
cientos de miles no beberán agua suficiente, se bañarán
una vez por semana, lavarán la ropa dos veces al mes
y tendrán un alto riesgo de contraer enfermedades.
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