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Aun sin haber empezado, ya hay críticas.
Para los globlifóbicos más duros, las autoridades
convirtieron a Sandton, la localidad donde se desarrollará
la cumbre, en Disneylandia. Las autoridades limpiaron ese
millonario suburbio de Johannesburgo de mendigos y vendedores
ambulantes y lograron, en principio, aislarla de la verdadera
Africa, el continente que cobija entre sus países miserables
a Sierra Leona, donde 3 de cada 10 chicos no llegan a cumplir
los cinco años. Una tasa de mortalidad mayor que la
de la Inglaterra de 1820 contada por Dickens.
Sin embargo, aunque hicieron todos los esfuerzos,
no pudieron ocultar Alexandra, al otro lado del río,
un largo corredor de aguas poluidas donde los gérmenes
del cólera se estacionan en las orillas. Alexandra
es una pobrísima comunidad vecina a Sandton donde el
agua, la salud y la electricidad fueron privatizadas y donde
les cortaron los servicios a aquellos que no podían
pagar. Que, de más está decirlo, eran todos.
En este escenario de contrastes que es casi
una metáfora del mundo, hoy se inaugura la Cumbre Mundial
de Desarrollo Sustentable, donde representantes de 189 países
más ricos, más pobres, en vías
de desarrollo, en vías de extinción, intentarán
dibujar una vez más un plan de acción para terminar
con la pobreza sin destruir el medio ambiente. Para algunos,
sólo una pérdida del tiempo; para otros, la
última chance de corregir el destino de destrucción
hacia el que tiende el planeta y con él, la humanidad.
Desigualdad, cambios climáticos, pobreza,
acceso al agua y crecimiento demográfico son algunas
de las palabras que integran el diccionario de la urgencia
que manejarán los asistentes a la Cumbre. El presidente
del país más poderoso no estará presente
para escuchar los reclamos. George W. Bush decidió
no viajar y de ese modo frustró a los organizadores,
quienes acomodaron las fechas para que el evento terminara
el 4 de septiembre, soló para que Bush pudiera llegar
con tiempo a los actos de homenaje del 11 de septiembre.
Como si no alcanzara con semejante desaire
y con la pertinaz negativa de Estados Unidos de firmar el
protocolo de Kioto (que obliga a terminar progresivamente
con la emisión de gases tóxicos) que hasta China
parece dispuesta a rubricar, Bush pareció enviar un
nuevo mensaje a quienes se preocupan por el recalentamiento
global y la desaparición de los bosques. Lo hizo cuando
sugirió la puesta en práctica de una masiva
tala de árboles para terminar de una vez con los incendios.
Un gran chiste de humor negro salvo que, por su origen, puede
terminar en una orden de catástrofe.
Al no estar allí, el presidente Bush
se perderá los reclamos de las organizaciones defensoras
de los derechos de las mujeres. El mes pasado, el gobierno
de EE. UU. recortó 34 millones de dólares de
aportes para el Fondo de Población de las Naciones
Unidas, que opera en 142 países. El argumento fue que
la mayoría de ese dinero iba a parar a la maquinaria
de abortos en China. Lo cierto es que ese dinero, según
recordó Nocholas Kristof en un editorial de The New
York Times también se usa, por ejemplo, en el programa
de emergencia obstétrica de Burundi, donde una de cada
8 mujeres muere al dar a luz.
Más números del terror. En
los próximos 25 años, entre el 50 y el 75% de
la humanidad vivirá con escasez de agua potable. Hoy,
cada ocho segundos muere un chico por beber agua contaminada.
Los defensores del acceso al agua piden que se la considere
un derecho humano y no solo una necesidad humana. Según
la revista Fortune, la industria y comercialización
del agua con el consiguiente arrebato a la mayoría
de la población de un bien sustancial rinde anualmente
el 40% de lo que rinde el sector petrolero y ya es mayor que
el de la industria farmacéutica.
El agrandamiento de la brecha entre ricos
y pobres es un relato de ciencia ficción. Doscientos
años atrás, el ingreso per cápita del
país más rico del mundo, Gran Bretaña,
era sólo tres veces mayor que el promedio de los países
africanos, entonces la región más pobre del
planeta. Hoy, Suiza es el país más rico y sus
habitantes gozan per cápita de un ingreso 80 veces
mayor que los de la región más pobre, el sur
de Asia.
Algunos afilaron el lápiz y señalan
que para reducir la pobreza a la mitad antes de 2015, un objetivo
acordado dos años atrás en la Cumbre del Milenio,
se necesitan entre 40 mil y 60 mil millones de dólares.
Clinck, caja. Esta cifra es cerca de una sexta parte de lo
que Occidente gasta habitualmente en subsidios al campo.
Esto por esto que, como explica el diario
británico The Guardian, las vacas están mejor
que la mitad del mundo. Porque una vaca promedio en Europa
recibe 2,20 dólares al día en concepto de subsidios
y otras ayudas, mientras que 2.800 millones de personas en
el mundo en desarrollo vive con menos de dos dólares
por día.
Una mirada cínica diría que
no todo es pérdida ya que la pobreza, sin embargo,
es también el origen de un nuevo y fabuloso negocio
para canallas. Se trata del tráfico de inmigrantes
que, según algunos analistas, ya se ha convertido en
ciertos países en una industria más rendidora
y, por ahora, menos peligrosa que el tráfico de drogas.
Hoy, cuando el presidente sudafricano, Thabo
Mbeki, abra la cumbre con un llamado a terminar con este "apartheid
global", los 65.000 delegados que componen la mayor conferencia
en la historia de la ONU tendrán un trabajo de titanes.
Un plan de acción que todos dicen querer pero que muy
pocos están dispuestos a cumplir.
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