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Hace más de dos décadas que
en el mundo se viene alertando sobre los enormes daños
ecológicos y económicos provocados por accidentes
de buques petroleros y la correlativa necesidad de acortarlos.
Sin embargo, como lo demuestra el naufragio de la nave Prestige
frente a las costas gallegas, siguen ocurriendo desastres
sin que se tomen medidas apropiadas para impedirlos.
Tres años después de la catástrofe
ecológica provocada por el hundimiento del petrolero
Erika en las costas de Francia, el buque Prestige, de bandera
de Bahamas, se accidentó frente a las costas de Galicia.
La consecuencia inmediata fue el derrame de unas 20.000 de
las 77.000 toneladas de combustible que transportaba.
Se denunció que la catástrofe
provocó la muerte del 40% de 38 especies protegidas
y ya significa una pérdida incalculable de la riqueza
pesquera y marisquera de la región, amén de
la muerte de aves y otras especies y de los daños colaterales
ligados a la contaminación de la costa, especialmente
en las zonas turísticas.
El caso recuerda el accidente ocurrido hace
casi tres años en la costa bonaerense, frente a las
localidades de Magdalena y Punta de Indio, cuando un barco
carguero chocó a un buque petrolero de la empresa Shell.
El hecho provocó cuantiosos daños ecológicos
y económicos.
La magnitud del desastre de Galicia llevó
a los dirigentes de la Unión Europea a declarar que
es imprescindible la urgente puesta en marcha de un nuevo
plan de seguridad marítima, que establezca las condiciones
de los barcos y las normas de navegación, para evitar
los accidentes.
Otro punto central es quién paga los
millonarios costos por los daños y su reparación.
Mientras en el caso europeo hay estipulados seguros y también
se consideran subsidios especiales para las víctimas,
en el caso argentino fue necesaria la intervención
de la Justicia.
Un fallo de primera instancia, que fue apelado,
acaba de condenar a la petrolera Shell a ejecutar las tareas
de recomposición del medio ambiente afectado, por un
valor estimado en 35 millones de dólares.
Más allá de cómo se resuelvan los detalles
de estos casos, es indudable que la peligrosidad del transporte
de sustancias contaminantes amerita exigir a quienes lucran
con ellas el máximo cuidado y responsabilidad. Los
Estados también deben asumir su parte en lo referido
al control, la protección y la asistencia efectiva
de los injustamente afectados.
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