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Negacionistas, refractarios e inconsecuentes. El difícil reto de reconocer el cambio climático Imprimir E-Mail
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Colaboraciones - Interés general
Publicado por Administrador   
jueves, 29 de noviembre de 2012
Negacionistas & Cía Aunque el cambio climático es un fenómeno complejo, difícil de entender y de valorar, desde un elemental sentido común, cabría esperar que, a medida que la ciencia produce análisis más concluyentes y los medios de comunicación tratan la cuestión con mayor amplitud y rigor, la gente tenga una perspectiva más cabal sobre el fenómeno; y se plantee actuar en consecuencia. Sin embargo, los estudios que analizan las reacciones de la gente ante el cambio climático aportan resultados que parecen desafiar esta lógica elemental.

Negacionistas

En 2010 vieron la luz diversos estudios sociológicos relativos al cambio climático. Por ellos sabemos que, en muchos países occidentales, sigue habiendo un significativo porcentaje de personas que consideran que el cambio climático no está ocurriendo o que rechazan elementos clave de su interpretación científica, al descartar cualquier influencia humana en el fenómeno o negar sus consecuencias negativas o su peligrosidad.

En Estados Unidos, los estudios elaborados por el Programa de Cambio Climático de la Universidad de Yale, concluyen que el porcentaje de negacionistas se duplicó en apenas dos años, hasta alcanzar el 20%.

En Reino Unido en 2010, ante la pregunta “¿Cree usted que el clima mundial está cambiando?” un 78% respondió afirmativamente, frente a un 15% que respondió negativamente. Cinco años antes, ante la misma pregunta los porcentajes fueron del 91% y el 4% respectivamente, lo que significa que el número de encuestados que niegan el fenómeno se habría triplicado.

En Alemania, una encuesta realizada para el semanario Der Spiegel incluyó la cuestión siguiente: “Los científicos del clima predicen que, a largo plazo, la tierra será cada vez más cálida. ¿Considera que esta previsión es fiable?”. Dos tercios de los encuestados (66%) respondieron afirmativamente, pero cerca de un tercio (31%) respondió de forma negativa. Todo un récord en un país conocido por su importante movimiento verde.

En España, una demoscopia hecha también en 2010 ha revelado que los que niegan el fenómeno constituyen cerca del 9%, mientras que los que declaran no saber suman otro 11%.

Algunas perspectivas para analizar el negacionismo climático

El fenómeno del negacionismo y su auge, a contracorriente de la ciencia del clima, ha sido analizado desde diversas perspectivas, entre las que destacan:

La perspectiva psicológica

Los humanos tenemos una habilidad probada para rechazar la información que nos resulta incómoda o amenazante. De hecho, la negación puede considerarse una manera habitual de abordar problemas y conflictos. Corsini la define como “un mecanismo de defensa consistente en una ceguera inconsciente y selectiva que protege a una persona de afrontar hechos y situaciones intolerables”.

Los análisis sobre la negación realizados desde campos como la psicología o la filosofía moral coinciden en atribuirle una función autoprotectora. Paradójicamente este mecanismo autoprotector puede impedir que prestemos la atención necesaria a potenciales amenazas a nuestro bienestar, en este caso las derivadas del calentamiento global y los cambios en el clima.

La perspectiva informativa

Los medios de comunicación (principalmente prensa, radio y televisión) y la publicidad comercial son las principales fuentes a través de las cuales la gente recibe información sobre el cambio climático en los países occidentales. En este sentido, diversos autores han señalado la existencia de sesgos informativos que, a su vez, han influido en las percepciones sociales sobre el cambio climático. En esta línea, es todo un clásico el trabajo El equilibrio como sesgo, que defiende que, en un afán por mantener un cierto equilibrio entre posiciones, sin considerar que su representatividad y rigor no son equivalentes, los medios de comunicación de masas han dado una visibilidad inmerecida a las perspectivas escépticas.

Otros estudios revelan que, en ocasiones, la visibilidad dada a las visiones escépticas ha tenido un componente ideológico, siendo la prensa conservadora anglosajona especialmente proclive a difundir ideas negacionistas.

La perspectiva educativa

Como si de un fenómeno meteorológico se tratara, cada año, con la llegada del frío y de la nieve, reaparecen en los medios de comunicación los comentarios negacionistas que utilizan los datos del tiempo para poner en entredicho el fenómeno del cambio climático. Por ejemplo, los chistes de nevadas que se mofan del calentamiento global son todo un clásico en Estados Unidos. Es evidente que estos argumentos negacionistas, basados en la confusión entre los conceptos de tiempo y clima, no tendrían ningún predicamento en sociedades con una cultura científica solvente. Pero pueden hacer fortuna ante una población poco formada y deseosa de descartar una causa más de preocupación.

La inadecuada comprensión de la naturaleza de la ciencia también alimenta malentendidos y es aprovechada por los lobbies negacionistas para sembrar dudas. La cuestión de la incertidumbre asociada al conocimiento científico ha sido especialmente explotada en este sentido.

La perspectiva política

En Estados Unidos, en 1997, los porcentajes de ciudadanos que apoyaban la idea de que el calentamiento global era una realidad eran muy similares entre republicanos y demócratas (48 y 52% respectivamente). Sin embargo, las diferencias han ido aumentando y en 2008 esos porcentajes eran del 42 y 76%. Las discrepancias también afectan a otras cuestiones como la percepción de que la importancia del problema del cambio climático está siendo exagerada por la prensa (42 puntos de diferencia entre republicanos y demócratas) o la causalidad humana del cambio (32 puntos de diferencia).

George Marshall hace notar el peligro que encierra convertir el cambio climático en una cuestión de identidad partidista: “Si la incredulidad respecto al cambio climático se convierte en un rasgo de identidad política, es mucho más probable que sea compartida entre personas que se conocen y se tienen confianza mutua arraigándose cada vez más y haciéndese más resistente a los argumentos externos”.

En España, en una demoscopia realizada en 2010, un 89% de los votantes del PSOE y un 76% entre los votantes del PP se mostró “de acuerdo” o “muy de acuerdo” con la idea que “se está produciendo un cambio climático”. Un elemento positivo que puede extraerse de estos resultados es que 3 de cada 4 votantes conservadores cree que el cambio climático es una realidad. Sin embargo, la encuesta detecta una distancia de 13 puntos entre votantes socialistas y populares, lo que resulta preocupante. Aunque el negacionismo climático, en su sentido más estricto (negación de la existencia del fenómeno o de su causalidad humana) no es mayoritario entre la ciudadanía, es evidente que desafía las estrategias clásicas de la comunicación, la educación o la divulgación científica, ya que las evidencias y los datos aportados se estrellan contra un muro de rechazo. Por otra parte, el hecho de que la mayoría de los ciudadanos se sitúen fuera de este negacionismo formal no supone que reconozcan adecuadamente el fenómeno, ni mucho menos que actúen ante él de forma consecuente con lo que piensan o saben.

Refractarios

Una reacción frecuente ante los mensajes sobre cambio climático es ignorarlos. El rechazo a informarse activamente o a hablar sobre el tema, las actitudes de desinterés o indiferencia pueden ser indicadores de esta respuesta. No saber, no entender, nos evita padecer (“ojos que no ven, corazón que no siente”) y, también, nos exime de la obligación moral de reaccionar. En castellano contamos con numerosas frases hechas para hacer referencia a esa ignorancia deliberada ante temas que nos resultan inconvenientes o espinosos: “seguir la política del avestruz”; “mirar para otro lado”, “no querer ver”...

Algunos investigadores han resaltado que esta actitud refractaria puede ser consciente y voluntaria (como cuando cambiamos de canal en la televisión para evitar escenas o noticias desagradables), pero a veces no somos enteramente conscientes de esa desconexión o bloqueo. En este sentido, algunos autores han descrito estados mentales, o incluso culturas, en las que domina un ambiguo “saber, pero no saber” que nos mantiene en una cierta ignorancia.

Kari Marie Norgaard hace notar que, dado que ignorar lo obvio puede suponer un esfuerzo importante “las sociedades desarrollan y refuerzan un completo repertorio de técnicas o herramientas para ignorar los problemas que resultan inquietantes”. Esta investigadora noruega pone el ejemplo de una comunidad, estudiada a través de grupos de discusión, que contaba con información accesible sobre el calentamiento global, pero en la que operaban una serie de mecanismos sociales, como normas culturales de atención, emoción y conversación, y en la que existían una serie de relatos culturales orientados a desviar la atención de los temas incómodos o inquietantes y normalizar una visión de la realidad en la que se considera que todo va bien.

El desinterés por la cuestión del cambio climático también puede ser alimentado por la impresión de que se trata de un problema que no tiene una solución sencilla o inmediata. Ya lo dice el proverbio: “Si no tiene solución, entonces no es un problema”. Y, por tanto, no merece la pena preocuparse.

Inconsecuentes

A pesar de todo, hay gente que entiende cada vez mejor el fenómeno del cambio climático, reconoce en lo esencial sus causas y sus consecuencias y comprende su gravedad. Pero ser consciente de su importancia, incluso reconocer la necesidad de actuar para mitigarlo, no implica actuar de forma responsable. Los inconsecuentes parecen optar por ignorar las consecuencias del fenómeno, continuando con las formas tradicionales de hacer.

Esta respuesta no es extraña: existen numerosas evidencias empíricas que indican que los humanos no nos comportamos necesariamente de forma coherente con lo que sabemos o pensamos. Pero la amplitud de la inconsecuencia climática evidencia que existen barreras significativas que dificultan que el conocimiento y la sensibilidad se traduzcan en acciones responsables.

A continuación resumimos algunas de esas barreras:

La percepción del coste de la acción responsable.

Las actitudes positivas hacia el medio ambiente se expresan a menudo en comportamientos de bajo coste (en la esfera de lo personal, por ejemplo, sustituir las lámparas incandescentes por modelos de bajo consumo o colaborar con los programas municipales de reciclaje). Sin embargo, se expresan con menor frecuencia en iniciativas consideradas de alto coste (por ejemplo, dejar de utilizar asiduamente el automóvil o de adquirir productos exóticos).

La percepción de insignificancia de nuestras acciones.

Dada la magnitud del fenómeno del cambio climático, la contribución de una persona o una institución es frecuentemente percibida como más insignificante: ¿De qué sirve cambiar el coche por la bici o acometer reformas en el hogar para mejorar su eficiencia energética si estas iniciativas no son seguidas por la mayoría? ¿Qué utilidad tiene el que mi organización cambie su sistema de producción por otro más limpio si los demás no lo hacen?

Las incertidumbres relativas al fenómeno y su evolución futura.

La existencia de incertidumbres tiene un efecto desmovilizador en la gente. ¿Cómo voy a emprender cambios sustanciales si no tengo absoluta certeza sobre cuál será la gravedad futura del problema o los efectos que producirán mis acciones? ¿No será preferible esperar hasta que tengamos datos más precisos?

La dilución de nuestras responsabilidades.

Es probable que los gases quemados en occidente en el siglo pasado hayan contribuido a la notable intensidad del último ciclón tropical sufrido en Bangladesh. En cualquier caso, la distancia, espacial y temporal, entre las acciones que causan el cambio climático y sus efectos provoca que nuestra sensación de responsabilidad se diluya notablemente. Además, la atmósfera es una gran bolsa común a la que van a parar todas las aportaciones y resulta imposible diferenciar las propias de las ajenas, o relacionarlas de forma específica con impactos definidos.

Contextos difíciles.

Los ciudadanos vivimos habitualmente en contextos de alta energía. La configuración del urbanismo, con una creciente segregación de los espacios residenciales, laborales y de ocio y servicios y el paso de las ciudades compactas a las ciudades extendidas, son ejemplos de unos contextos vitales que han multiplicado nuestras necesidades de movilidad motorizada y, por tanto, de energía. En estos contextos muchas veces resulta difícil que, incluso las personas y organizaciones más sensibilizadas, puedan traducir su sensibilidad y su capacitación en formas de hacer bajas en carbono.

Pesimismo informado.

Algunos autores asocian la inacción no tanto al egoísmo o la falta de información como a la desesperanza y la frustración. En palabras de Immerwahr “nuestra investigación sugiere que sobre lo que la gente resulta ser más escéptica no es sobre la existencia del problema sino sobre nuestras habilidades para resolverlo”. Desde esta perspectiva, muchos inconsecuentes serían personas abrumadas por la formidable dimensión del problema, conscientes de la gran dificultad de atacar de forma efectiva a sus causas e inseguras sobre el camino a seguir.

Algunas propuestas ante el reto de la comunicación del cambio climático

La negación, la ignorancia activa o la inconsecuencia son respuestas comunes ante las informaciones que recibimos, no sólo en relación con el cambio climático sino también sobre otras cuestiones espinosas. ¿Quién no se ha resistido alguna vez a “rendirse ante la evidencia” cuando los hechos apuntaban en una dirección indeseada? ¿Quién no ha decidido en algún momento que no quiere ver o saber más? ¿Cuántas veces nuestras formas de hacer o nuestras decisiones resultan contradictorias con lo que sabemos o lo que pensamos?

Negacionistas, refractarios e inconsecuentes ponen en entredicho ideas simplistas, pero muy extendidas, en relación con la sensibilización pública. Como la idea de que la falta de sensibilidad y respuestas responsables se debe, básicamente, a un problema de falta de información.

La negación, la ignorancia activa o inconsecuencia nos permiten entrever el formidable reto personal y social que supone reconocer el cambio climático y reaccionar ante él de forma adecuada. Pero su análisis también está proporcionando algunas claves útiles para plantear (o replantear) la comunicación del fenómeno. A este respecto, presentaremos, de forma breve, algunas propuestas:

Mostrar salidas posibles. Si la percepción del cambio climático como un proceso sin solución es profundamente desmovilizadora, es obvio que debemos otorgar visibilidad a las soluciones posibles.

Mostrar las ventajas de los cambios propuestos. Dado que el miedo a las consecuencias de la lucha contra el cambio climático es uno de los alimentos de la negación, parece estratégicamente importante resaltar las ventajas asociadas a las políticas para combatirlo.

Evitar encasillar el cambio climático como cuestión tecnocientífica. Los discursos con una excesiva carga científica pueden ser percibidos como elitistas y arrogantes y crear la falsa impresión de que estamos ante un problema que es, esencialmente, de naturaleza científica. Esto puede traducirse en reacciones de desinterés por parte de aquellos que no se ubican en esos campos, además de crear barreras entre los que saben y los que no saben, dificultando que todos contribuyamos a las soluciones.

Evitar encasillar el cambio climático como cuestión ambiental. Ciertamente, el cambio climático constituye una formidable amenaza para la naturaleza. No obstante, el cambio climático no debería ser considerado como un problema ambiental (entendiendo ambiental en su acepción más estrecha, pero también la más reconocida socialmente que se asocia a pájaros y flores). La razón es que este marco facilita que un amplio sector de la sociedad se desvincule del problema.

Asociar aprendizaje y acción responsable. La creación de comunidades y redes orientadas a impulsar cambios en la práctica [19], basadas en la comunicación entre iguales y el aprendizaje a través de la acción (aprender haciendo), hace más fácil romper la barrera entre saber y hacer y aporta a los participantes la necesaria capacitación para construir respuestas sociales.

Francisco Heras Hernández
Fuente: Ecoportal.net

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