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Noticias - Julio 2009
Publicado por Administrador   
jueves, 09 de julio de 2009

MoasEl destino de la megafauna ha sido triste, cada vez que el ser humano llegaba a algún sitio nuevo se encargaba de eliminar los animales que la componían. No es extraño, según la ley de optimización del forrajeo lo más rentable es alimentarse de los animales más grandes y uno vez que van desapareciendo del territorio ir consumiendo el siguiente más grande y así sucesivamente. En cada escalón se tiene la mejor relación entre beneficio que se obtiene y el esfuerzo que requiere su caza. El final de esta tendencia es el consumo de insectos una vez que todos los animales grandes han desaparecido.

Una de la teoría favoritas que trata de explicar la extinción de los grandes mamíferos de Norteamérica sostiene que los seres humanos recién llegados al continente (hace unos pocos miles de años) sometieron a una caza intensa a mamuts y animales similares hasta que terminaron por extinguirlos. Se dice incluso que como método de caza provocaban estampidas para que así estos animales se despeñarán por los barrancos. Al final no quedó ninguno.

El mismo destino tuvieron los moas. Los moas eran aves gigantes no voladoras similares a las actuales avestruces que vivían en Nueva Zelanda. Se estima que había unas diez especies diferentes. Debido al efecto de insularidad, estas islas tuvieron una historia evolutiva distinta al resto del mundo. En lugar haber mamíferos gigantes estaban estas aves, de hasta 2.5 metros de altura y 250 kilogramos de peso, dominando en ese territorio.

Los maoríes llegaron a la Nueva Zelanda en el año 1280 de nuestra era y rápidamente exterminaron a todas los moas que había. No quedó ninguno.

No disponemos de ningún moa vivo, pero se cuenta con algunas plumas encontradas en cuevas y refugios de roca de la zona.

Gracias precisamente a estas plumas unos científicos han sido capaces de hacer la primera reconstrucción del color y análisis del ADN de estos seres. Concretamente, las plumas en cuestión tienen unos 2500 años, que es un lapso de tiempo lo suficientemente corto como para que se conserve el ADN que contenían.

Gracias a estudio ha sido posible saber más sobre cómo eran estas aves, porque hasta ahora la comunidad científica no conocía muy bien su apariencia. Además, abre las puertas a estudios futuros.

Los investigadores compararon estas plumas con otras encontradas en los sedimentos y procedentes de periquitos de cabeza roja que han sobrevivido hasta la actualidad. La idea era saber si se producía un cambio en el color de las plumas o si pierden éste en el transcurso del tiempo. Al parecer en ese lapso de tiempo las plumas conservan su color original. Gracias a esto han podido hacer una mejor reconstrucción de cuatro especies de moa.

La sorpresa ha sido que mientras algunas especies tenían un color marrón aburrido pensado para el camuflaje, algunas tenías plumas de puntas blancas que les conferían una apariencia moteada.

Posiblemente este camuflaje apareció por evolución para así evitar que el águila de Hasst los atacara. Este predador fue el águila más grande de todos los tiempos, con una envergadura de 3 metros y un peso de 15 kilogramos.

Estos investigadores han demostrado además que es posible extraer ADN de todas las partes de estas plumas y no sólo de algunas zonas como antes se creía. Esto abre la posibilidad de estudiar el ADN contenido en las plumas que estén bien conservadas de estas aves que hay en los museos.

Estos investigadores especulan con la posibilidad de reconstruir la apariencia de otras aves extintas de los depósitos fósiles, sobre todo de las más enigmáticas.

¿Se clonará algún día una de estas aves al estilo de la película Parque Jurásico? Los especialistas del campo dudan en general de que este tipo de cosas se puedan hacer, pero un ADN de sólo un par de miles de años quizás no esté muy degradado como para intenrarlo.

Fuente: NEOFRONTERAS

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