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Greenpeace y otras 70 organizaciones ambientalistas
denunciaron ayer que, "sin ninguna evaluación
previa", el Senado aprobó sobre tablas un convenio
internacional con Australia que abre la puerta al ingreso
de residuos nucleares desde ese país, lo que está
prohibido por la Constitución. Con el mismo trámite
expeditivo, el acuerdo estuvo a punto de ser tratado ayer
por la Cámara de Diputados.
Ese convenio de cooperación da marco
a la venta de un reactor nuclear desarrollado por la empresa
estatal INVAP, con sede en Bariloche. Por este documento,
firmado por los gobiernos argentino y australiano el 8 de
agosto pasado en Canberra, nuestro país se compromete
-en caso de pedírselo Australia- a procesar los residuos
radiactivos resultantes del funcionamiento del reactor.
Tras ganar una licitación internacional,
INVAP -que también fabrica satélites espaciales-
firmó el convenio con la autoridad nuclear australiana
(ANSTO) el 13 de julio de 2000. Si bien el contrato por 180
millones de dólares fue celebrado calurosamente por
el Gobierno, el diputado José Corchuelo Blasco cuestionó
que nunca dio a conocer su texto, "amparándose
en medidas de seguridad comercial".
El punto conflictivo del convenio trascendió en octubre
de 2000, a raíz de una investigación del Senado
australiano. Sucede que, antes de refrendar el documento,
los legisladores de ese país quisieron asegurarse de
que no violara la legislación argentina. Fue así
como las entidades ecologistas de nuestro país supieron
que una de las condiciones para adjudicar la obra a INVAP
era que la empresa argentina garantizara el tratamiento del
combustible radiactivo que gaste el reactor.
"Lo que objetan las ONGs es una cláusula
del acuerdo del INVAP con ANSTO; no tienen por qué
cuestionar el convenio de cooperación nuclear con Australia,
que es igual a los que se han firmado con otros países",
consideró el diputado Marcelo Stubrin (UCR-Alianza),
titular de la Comisión de Relaciones Exteriores.
Juan Carlos Villalonga, coordinador de la
campaña de energía de Greenpeace, le replica
con el artículo 12 del convenio de cooperación,
que establece que "cuando se irradie combustible en un
reactor de investigación provisto por la Argentina
a Australia, si así fuere solicitado, la Argentina
asegurará que dicho combustible sea procesado o acondicionado
mediante arreglos apropiados a fin de hacerlo apto para su
disposición en Australia".
El ambientalista admite que el texto no especifica
que ese proceso se hará en la Argentina. Pero agrega
un dato: "Actualmente, Australia envía sus residuos
nucleares a Francia que, junto con Gran Bretaña, son
los dos únicos países que hacen su tratamiento
para terceros. Lo que pasa es que ese contrato está
por ''caerse''". Y recuerda el texto del artículo
41 de la Constitución: "Se prohíbe el ingreso
al territorio nacional de residuos actual o potencialmente
peligrosos y de los radiactivos".
Si la firma del acuerdo entre INVAP y ANSTO
había sido divulgada como un logro de la tecnología
argentina, el tratamiento del convenio de cooperación
con Australia, en cambio, fue silenciado por el Senado. El
texto, remitido por el Poder Ejecutivo, llegó a mesa
de entradas el 30 de octubre y el 7 de noviembre -sin ser
analizado por ninguna comisión- fue tratado sobre tablas.
Todos los legisladores presentes levantaron la mano.
Al pedir su aprobación, el senador
Eduardo Menem, presidente de la Comisión de Relaciones
Exteriores, dedujo que el artículo 41 sólo "trata
de impedir que la Argentina se constituya en un basurero nuclear
de los países centrales". También instó
a "interpretar correctamente la palabra ingreso",
al considerar que "la Constitución se refiere
a aquel material que viene para quedarse en el país".
Pero en el caso de los futuros residuos australianos, agregó
Menem, "este material ingresa para ser luego reexportado,
una vez que haya sido condicionado".
Los ecologistas subrayan que la Constitución
no distingue entre el ingreso definitivo de residuos y el
temporario. Ayer, cuando Clarín preguntó al
INVAP cuántos años permanecerían esos
desechos en el país para cumplir con el proceso de
vitrificado, Héctor Otheguy, gerente general, se limitó
a decir: "No queremos volver a entrar en esos temas".
Y agregó que el contrato fue estudiado por tres reconocidos
constitucionalistas: Jorge Vanossi, Félix Loñ
y Mariano Cavagna Martínez.
Existe otro "problema semántico"
más. Guillermo Urribarri, asesor del senador Antonio
Cafiero (titular de la Comisión de Recursos Naturales),
sostuvo que "el criterio que tiene el cuerpo es que no
se trata de residuos radiactivos sino de combustible gastado".
Para esto se basa en la Convención de Viena de 1997,
ratificada por la Argentina en 2000. Para rebatirlo, Greenpeace
remite a las definiciones de la Comisión Nacional de
Energía Atómica, y a la Ley de Residuos Radiactivos,
que claramente incluyen al combustible irradiado dentro de
los residuos radiactivos.
El tema estuvo ayer a punto de ser tratado
por Diputados. "El oficialismo y el PJ lo intentarán
la semana próxima -protestó Jorge Giles (ARI),
secretario de la Comisión de Recursos Naturales-. Inventan
trucos, pero la única manera de escabullir a la ley
y a la Constitución es mentir".
Alerta de Greenpeace
Entrenado en la lectura de la letra chica, el coordinador
de la campaña de energía de Greenpeace, Juan
Carlos Villalonga, advierte que el convenio de cooperación
nuclear con Australia entraña otro peligro: habilita
a la Argentina para convertirse en un país productor
de plutonio con fines comerciales, un mineral radiactivo de
uso militar.
El artículo 12 del acuerdo aprobado por el Senado
dice que "Australia podrá dar consentimiento previo
por escrito (a la Argentina) para el reprocesamiento a fin
de recuperar el material nuclear para su uso ulterior".
Ese plutonio sería extraído, recuperado, de
los desechos del reactor nuclear a instalar en Australia por
la empresa estatal argentina INVAP, y que ambos gobiernos
pretenden sean tratados en nuestro país.
"El plutonio es el elemento sensible por excelencia
en cuanto a usos militares, lo que implica que está
expuesto a riesgos de robo y de sabotaje. -apunta Villalonga-.
Después de los atentados del 11 de setiembre en los
Estados Unidos, las plantas reprocesadoras de residuos radiactivos
de Francia y Gran Bretaña se encuentran en alerta máxima,
ya que son un blanco predilecto. Meterse en ese negocio es
una decisión política de peso. Avalar este acuerdo
implicaría una interpretación que desactiva
por completo nuestra Constitución, y convierte a la
Argentina en un procesador de basura nuclear externa. Y esto
abriría la puerta para otros contratos".
Pedido de informes
"En Diputados hicimos un pedido de informes al Poder
Ejecutivo sobre la venta del reactor a Australia, pero no
nos respondió -se quejó José Corchuelo
Blasco (PJ Chubut)-. Acuerdo con exportar tecnología
y orgulloso de que proceda del sur, pero defiendo una Patagonia
libre de residuos nucleares".
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