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La "venta de servicios ambientales"
se ha convertido en el nuevo paraguas conceptual para justificar
la mercantilización y privatización de servicios
y recursos básicos, socavando valores culturales y
éticos, principalmente entre las comunidades indígenas
y campesinas.
Dentro de este concepto se engloban, entre
otros, la venta del uso de los bosques como "sumideros
de carbono", el uso de las cuencas hídricas, la
venta de servicios de la biodiversidad, incluyendo la biopiratería
y el ecoturismo.
El concepto "servicios ambientales"
se basa, deformándolo, en el reconocimiento que propone
la economía ecológica de los desequilibrios
que ha creado la sociedad capitalista por la destrucción
ambiental y el abuso de los recursos naturales con la consiguiente
erosión cultural. Este origen ha llevado a muchas organizaciones
y comunidades a caer en esta nueva trampa de mercado. Otras
lo han visto como fuente de recursos. Estas últimas,
muchas veces asociadas con las trasnacionales más contaminantes,
como las petroleras y las de automóviles, que desde
los inicios de esta nueva modalidad de comercializar la biodiversidad
vislumbraron la oportunidad de justificar la contaminación
haciendo al mismo tiempo un jugoso negocio. Esta visión
transforma los bosques, las cabezas de cuencas, los cauces
de los ríos, los mantos freáticos, los recursos
genéticos y los conocimientos indígenas y la
belleza de un paisaje en "capital" y mercancías
redituables que pueden ser comerciadas por quien se atribuya
su propiedad y tenga dinero para comprarlas.
Por ejemplo, en el caso del uso de bosques
como "sumideros de carbono" se han promovido -en
general con subsidios públicos- las plantaciones de
especies de rápido crecimiento como eucaliptos y pinos,
que tienen alto grado de impacto ambiental negativo, no pueden
ser consideradas "bosques" y ni siquiera cumplen
con su papel de "sumideros" luego del periodo de
crecimiento inicial. Pero aun con el uso de otras especies
o de bosques existentes se establece una relación mercantil
que en lugar de resolver las causas de la contaminación
-por ejemplo las emisiones excesivas de dióxido de
carbono del hemisferio norte, que provocan el calentamiento
global- ofrecen a los contaminadores la opción de pagar
para continuar contaminando. Les sale barato y no faltan quienes,
como Mitsubishi, han visto en este "mercado de carbono"
una oportunidad de especulación: compran estos "derechos
de emisión" a bajo precio en el sur para luego
revenderlos a precios mayores en el norte.
También las empresas biotecnológicas
y farmacéuticas están felices de que con algún
mínimo pago sus actividades de biopiratería
y privatización de recursos colectivos no sólo
queden justificadas, sino que haya organizaciones no gubernamentales
y gobiernos que les hagan el trabajo sucio de promover el
uso de patentes sobre seres vivos y conocimientos indígenas
porque así se pueden contabilizar y "repartir
los beneficios" de la venta de la biodiversidad.
Siendo este esquema de pago de servicios
ambientales un mercado potencial importante, fue financiado
tempranamente por instituciones como el Banco Mundial para
promover su uso, pero ahora ha sido incorporado a las negociaciones
de los tratados de libre comercio, desde la OMC hasta el ALCA
y el TLC EU-Centroamérica, donde se propone facilitar
y eliminar los impedimentos para que el comercio de servicios
ambientales pueda florecer sin trabas.
Uno de los aspectos más perversos
de este nuevo mercado es que en lugar de reconocer los derechos
colectivos integrales culturales, económicos, sociales
y políticos de los actores de la biodiversidad -pueblos
indígenas, campesinos, comunidades pesqueras y otras
que por milenios han conservado y aumentado la biodiversidad-,
los transforman en mercaderes de los recursos y conocimientos,
con el agregado de que en un mercado competitivo no todos
podrán participar. Se crean así nuevas fuentes
de conflictos dentro y entre las comunidades, para ver quiénes
llegarán primero a vender a su nombre los recursos
colectivos. Al comienzo los pagos por servicios ambientales
son a menudo otorgados como "subsidios" para un
supuesto esquema de "manejo sustentable". Cuando
estos subsidios se terminan y las comunidades no pueden seguir
con determinadas actividades planteadas, de pronto se transforman
en depredadores y alguna empresa "tiene" que hacerse
cargo de sus recursos en nombre de la "sustentabilidad".
Esta lógica se describe bien en el
Informe sobre pago por servicios ambientales en México,
coordinado por John Burnstein (enero 2002), donde se aclara
que "el Pago por Servicios Ambientales (PSA) describe
la estrategia de una clase emergente de proyectos de desarrollo
sustentable que encuentran su sentido en la valoración
económica de los recursos naturales y la biodiversidad.
El PSA representa una síntesis del ambientalismo con
el liberalismo (y su empoderamiento de mecanismos del mercado)."
Abunda: "trabajar con pequeños productores probablemente
implique costos de transacción más altos que,
por ejemplo, el mismo servicio ambiental ofrecido por un gran
terrateniente".
Silvia Ribeiro es investigadora
del Grupo ETC
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