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Las fuerzas vivas expresaron allí
sus opiniones al respecto; Unidad Cafetera reiteró
su oposición a dicha medida máxime si a partir
del primero de julio, como lo anunció el ministro Londoño
Hoyos, tomará la forma de diluvios indiscriminados
sobre naturaleza, gente, agua, cafetales y cultivos ilícitos
y en concentraciones, con presencia de sustancia tóxica,
mayores a las aplicadas en el sur del país.
Según la revista The Economist un
"productor" de coca recibe por un kilo de hoja 610
dólares (un millón setecientos mil pesos) u
860 por el de pasta (dos millones cuatrocientos mil pesos)
mientras en los "grandes mercados" esa cantidad
de cocaína vale 110.000 dólares (308 millones
de pesos). No se explica fácilmente que la mira del
plan contra las drogas ilícitas se ponga en el eslabón
más débil, ubicado en zonas apartadas de las
colonias del Imperio, que percibe 180 veces menos de esa renta
que los capos de las calles de Nueva York. No puede decirse
que eliminando la oferta se acaba la demanda, ello debido
al alto grado de sustitución que hay entre estupefacientes,
bien entre los ya conocidos o entre éstos y los que
van apareciendo. Una encuesta del Centro de Recursos para
la Gente y la Prensa mostró que el 74% de la opinión
gringa cree que "la demanda es muy alta y nunca dejaremos
de usarlos".
Pero es más insólito que sea
la potencia que envilece la producción y los precios
de nuestros productos agrícolas la que imponga ese
método como único de erradicación de
ilícitos. La apertura a los frutos foráneos
significó para siete departamentos del sur del país,
entre 1990 y 1996, la pérdida de 15.000 hectáreas
de maíz, 40.000 de arroz, 6.000 de sorgo y más
de 20.000 de soja, que nunca retornaron a su dedicación
inicial. Estos géneros provienen ahora de Estados Unidos.
Con el café sucede otra injusticia. Las compras totales
norteamericanas en 1997, que fueron de cerca de 20 millones
de sacos, valieron 5.039 millones de dólares, en 2002
un volumen casi igual apenas alcanzó a 2.435 millones,
menos de la mitad. Las consecuencias para los caficultores
colombianos es una reducción de sus ingresos en proporciones
todavía mayores tanto en relación con los insumos
de producción como con el destino principal del ingreso
campesino: los bienes de consumo para el hogar.
Es evidente que la "plata sucia"
se mueve por los mismos circuitos del gran capital y que las
políticas de facilidad para el ingreso de capitales
ayudan a "lavarla". La "ventanilla siniestra"
y la reforma financiera de 1991, ideada por Hommes, dieron
vía libre a la repatriación legal de los llamados
flujos de capital encubiertos que pusieron su cuota en la
revalorización del peso, la que tantas secuelas trajo
a la economía nacional.
Para sintetizar el marco de causalidad, valen
dos citas del texto "La economía colombiana tras
25 años de narcotráfico" (Rocha). "No
deja de llamar la atención que el 32%... de la inversión
extranjera directa proviniera de Centroamérica y del
Caribe, donde proliferan paraísos fiscales,
que
ofrecen ventajas al lavado de dinero del narcotráfico"
y "los cambios en el entorno macroeconómico
a
la vez que afectaron la agricultura legal, también
favorecieron la expansión de cultivos ilícitos".
Por lo visto, adicionar a esos males la "lluvia"
de glifosato más que un remedio es un agravante. En
la industria cafetera la aspersión del veneno a los
cuatro vientos traerá nuevas dificultades. El único
patrimonio que aún conserva nuestra industria es el
sobreprecio por calidad en el mercado mundial que en la última
década en promedio por libra fue de diez centavos de
dólar; ¿Mantendrá el mercado dicha prima
si los exigentes consumidores del norte conocen que parte
de él "se roció" con glifosato? ¿Cuál
será la suerte de los proyectos de café orgánico
ante un desprestigio difundido globalmente? ¿Cómo
lo aprovecharán nuestros competidores? ¿Cuánto
se servirán de ello las multinacionales compradoras?
En ese sentido llama la atención que el grupo empresarial
ALTRIA (antigua Philip Morris) tenga bajo su control tanto
a Monsanto, firma que vende el glifosato, como a Kraft General
Foods, principal cliente del café colombiano. Gana
por punta y punta: por una vende su tóxico y por otra
ya no reconocerá esa prima de calidad.
¿Serán, acaso, éstas
las razones de verdad para que la embajadora Patterson declare
las bondades del herbicida y su inocuidad? Ciento veinte millones
de dólares anuales que se economizarían las
multinacionales tostadoras al suprimirse la prima y 457 dólares
por hectárea fumigada que perciben Monsanto y los contratistas
extranjeros que hacen la labor pueden ser motivos auténticos
para la delegada del Tío Sam. El análisis de
las causas y de las consecuencias económicas, así
como sociales, en violencia, desplazamientos y otras, y de
los daños ambientales colaterales concluyen que lo
primero que hay que erradicar es el neoliberalismo con sus
correspondientes licencias para el libre comercio y la movilidad
de capitales. Sobran razones de peso a la región cafetera
para erguirse en Resistencia Civil contra la pronosticada
avalancha de glifosato.
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