|
Calentamiento global,
agua dulce en continuo descenso, destrucción
de los bosques y selvas, sobreexplotación de las
pesquerías, contaminación
creciente, extinción
masiva de especies vegetales y animales, agotamiento de
combustibles fósiles.
Los signos vitales del planeta en este nuevo Día de
la Tierra - a sólo cuatro meses de la Cumbre Mundial
de Johanesburgo, donde rrepresentantes de todos los países
del mundo harán un balance ambiental de los últimos
treinta años- no son, por cierto, tranquilizadores.
Las consecuencias están a la vista.
Según datos del Instituto Worldwatch,
la atmósfera terráquea se está calentando
a un ritmo nunca antes registrado en la historia y se anticipa
que esta tendencia provocará extensos daños
a los bosques, la agricultura y los ecosistemas marinos.
La contaminación invade la tierra,
el agua y el aire debido a la acumulación de materiales
(madera, plástico y minerales) que se utilizan sólo
una vez y se descartan.
La familia humana creció más
que nunca en los últimos 50 años y, para el
fin de esta década, más de la mitad de la población
vivirá en las ciudades, donde la quema de combustibles
genera tres cuartos de las emisiones globales de monóxido
de carbono.
En muchas regiones, las napas de agua subterránea
están siendo bombeadas tan rápido que no alcanzan
a reabastecerse.
Bajo la presión de la agricultura y del creciente
consumo de madera, en el siglo XX el mundo perdió gran
parte de sus áreas boscosas.
La deforestación, las obras hídricas
y la incorrecta ubicación de las ciudades nos volvieron
más vulnerables que nunca a los desastres naturales.
Durante la última década, las pérdidas
económicas por esta causa fueron más grandes
que en las cuatro décadas anteriores combinadas.
Once de las 15 pesquerías más
importantes y el 70% de los peces comerciales se sobreexplotan.
La pérdida de hábitat naturales,
la introducción de especies
exóticas, el comercio y el turismo están
produciendo una dramática declinación de la
biodiversidad.
Défault
ecológico
En el país, y en medio de un caos
económico institucional sin precedente, la situación
no resulta más alentadora.
Según la Fundación Vida Silvestre,
uno de los ejemplos del capital que se encuentra en el debe
del balance ecológico es el colapso de la merluza,
una especie de alto valor comercial. Otro problema poco conocido
de nuestro mar es la invasión de especies exóticas.
En la Argentina se identificaron mareas rojas tóxicas
originadas por microorganismos típicos del Japón
y accidentalmente liberados por barcos de transporte.
Buenos Aires, por otro lado, es la novena
megaciudad del mundo, con 11,8 millones de personas, y -como
sucede con otros gigantescos centros urbanos- succiona cada
vez más energía eléctrica, agua, madera
y otros insumos de los ecosistemas que la rodean. La capital
ostenta también un récord peligroso: al concentrar
el 41% de la población total de la Argentina es, junto
con Lima, la segunda megaciudad del mundo más desequilibrada
en su relación con el espacio rural del país.
Esta cifra sólo es superada por Bangkok.
En 1989, el nivel de dióxido de azufre
liberado en Buenos Aires fue de unas 35 toneladas anuales
y el nivel de monóxido de carbono, de 240 t. En 1999,
la ciudad ocupó el puesto 73° en el ranking mundial
de calidad de vida urbana.
Los bosques
y selvas autóctonos de la Argentina perdieron,
a lo largo del siglo XX, dos tercios de la superficie que
ocupaban: en la época colonial, abarcaban 160 millones
de hectáreas; el primer censo forestal (1914) registró
105 millones; en 1956 sólo había 59 millones,
y se estima que quedan entre 45 y 28 millones de hectáreas.
Pero, además, la crisis está
poniendo en riesgo incluso los pocos avances que se habían
logrado.
"En este momento, los pequeños
avances normativos con que se contaba se están abandonando
-dice Juan Carlos Villalonga, de Greenpeace-. El año
último, el presupuesto del Fondo de Energía
Eólica fue capturado por el Tesoro de la Nación.
La conexión eléctrica con la Patagonia quedó
completamente colapsada. Incluso prohibiciones que tienen
rango constitucional, como la de ingreso de residuos
radiactivos, se dejan de lado en aras de un beneficio
económico de corto plazo. Y hasta es posible que vuelvan
a utilizarse agroquímicos que ya estaban prohibidos.
El Estado ya no tiene poder de policía para controlar
las agresiones al medio ambiente."
Y, más adelante, agrega: "Si
algo se logró con el debate sobre la sobrepesca, fue
un cierto ordenamiento regional para las distintas flotas.
Los pesqueros fresqueros, que tenían base en Mar del
Plata, poseían una libertad de operación amplia,
mientras que los congeladores estaban más al Sur. Eso
había permitido una muy leve recuperación de
la merluza. Ahora, se firmó una regulación que
elimina esa zonificación. Si uno deja subir a los congeladores
se produce una sobrecaptación, por lo que se está
poniendo en riesgo una industria que produce entre 800 y 1000
millones de dólares anuales".
|