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La manipulación irresponsable de
los recursos naturales ha causado en las últimas dos
décadas el "destierro" obligado de cientos
de miles de argentinos obligados a abandonar hogar, tierra,
familia, cultura para pasar a formar parte de los que se conocen
como "refugiados ambientales".
"Ellos han perdido todo, hasta la sombra,
porque mientras en sus lugares de origen tenían árboles
para cobijarse, ahora se ven obligados a vivir en páramos
con casas de lata y cartón", explicó con
resignación Jorge Capatto, titular de la Fundación
Proteger.
Mientras el recalentamiento global debido
a la emisión de gases de los países muy industrializados
cambia el clima del mundo y afecta principalmente a los países
del Cono Sur, en la Argentina también hay responsables
de los cambios climáticos y otros desastres ecológicos.
Acostumbrado a tratar día a día
con desplazados de las zonas de la región del Gran
Chaco -que abarca la provincia homónima, gran parte
del norte del país, Paraguay y Bolivia-, Capatto consideró
que si no se frena el avance de la agricultura sobre los bosques
nativos "la situación será todavía
más intolerable".
"Los desplazados por las inundaciones
en los últimos veinte años es colosal -destacó-
y está directamente relacionada con el mal manejo de
la cuenca y la desforestación para cultivos como la
soja, lo que aumenta el riesgo de sedimentación y la
pérdida de las poblaciones ribereñas".
Según el especialista en temas ambientales
"esta situación produce no sólo un proceso
de desarraigo y aculturización, sino una profunda desintegración
familiar y social". Y explicó que los jefes de
familia son los primeros en abandonar a los suyos, abrumados
por la falta de oportunidades, mientras que las madres solteras
con hijos aumentan a medida que las edades -entre 12 y 15
años- descienden.
"Estos son los costos sociales y económicos
del denominado desarrollo no sustentable. Los desplazados
ambientales van siempre hacia un lugar peor", resaltó
Capatto.
Por su parte, el vocero de la Fundación
Vida Silvestre, Claudio Bertonati, se refirió al caso
de pobladores de las costas del Paraná que debieron
abandonar sus hogares a causa de las inundaciones producidas
tras la construcción de la represa hidroeléctrica
de Yaciretá. "En esa oportunidad no sólo
obligaron a la gente a retirarse de su tierra, sino que además
dejaron desaparecer seis ruinas jesuíticas bajo las
aguas", precisó.
Impacto
El impacto social de esa obra, que obligó
al desplazamiento de entre 40 y 50 mil personas, todavía
se hace sentir en los barrios periféricos de las grandes
ciudades del litoral, como Ituzaingó, al norte de la
provincia de Corrientes.
La mayoría de esos pobladores vivían
en chozas a un lado de la ribera, lejos de cualquier poblado
-lo que acrecentó su sentido de aislamiento al ser
trasladados a urbanizaciones- y dedicados a la orfebrería
con barro. "No tuvieron elección. Se les destruyó
su forma de vida por medio de engaños y falsas promesas.
Hoy son parias en su propio país", subrayó
Bertonati.
Más al sur, en las proximidades de
la ciudad de Bahía Blanca, los habitantes de la localidad
de Ingeniero White todavía conservan en sus retinas
la imagen de una nube tóxica que flotó sobre
ellos a mediados de agosto de 2000. "Las secuelas que
deja un hecho así son el miedo de vivir en un lugar
peligroso y la impotencia de no contar con los medios económicos
para poder irse a otro sitio", confesó Alejandro
Díaz.
Tras el desastre, Díaz y otros pobladores
conformaron la ONG Vecinos por la Vida con el objetivo de
ejercer un control más estricto sobre las empresas
del polo petroquímico.
Las historias se repiten a lo largo y ancho
del país, como en la ciudad santafesina de Esperanza,
acosada por la contaminación de cromo procedente de
una curtiembre. "Yo no nací acá pero amo
este lugar, sin embargo me quiero ir porque está en
peligro la vida de mi familia", manifestó Julia,
una vecina del lugar que pronto pasará a engrosar la
lista de los desplazados ambientales.
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