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La globalización del hambre

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Detrás de una epidemia de suicidios entre los campesinos de la India, la autora encuentra una verdadera guerra contra los pobres y contra la naturaleza. "Mientras las mujeres y los pequeños campesinos alimentan al mundo mediante la biodiversidad, se nos dice insistentemente que sin ingeniería genética y sin globalización de la agricultura el mundo se morirá de hambre". La ley global, sigue, "ha elevado a los altares el mito patriarcal de la creación para crear nuevos derechos de propiedad sobre las formas de la vida; del mismo modo como el colonialismo usó el mito del descubrimiento como base para hacerse de las tierras de otros como colonias... Pero las reglas de la globalización no fueron dadas por Dios. Pueden ser cambiadas. Deben cambiarse. Debemos llevar esta guerra hasta el final".

Vandana SHIVA*

Visité Bhatinda en el Punjab, a consecuencia de una epidemia de suicidios entre los campesinos.

El Punjab fue alguna vez la más próspera región agrícola de India. Hoy, cada campesino está desesperado y endeudado, vastas extensiones de tierra se han transformado en desiertos sedientos de agua. Y como lo señaló un viejo agricultor "aun los árboles han dejado de dar frutos, debido a que el fuerte uso de pesticidas ha matado a los polinizadores -las abejas y las mariposas".

El Punjab no está solo en esta experiencia de desastre ecológico y social. El último año estuve en Warangal, en Andhra Pradesh, donde también los campesinos se estaban suicidando. Agricultores que tradicionalmente cultivaban legumbres, mijo y arroz habían sido atraídos por las compañías semilleras a comprar semillas híbridas de algodón, que eran señaladas por los mercaderes como "oro blanco" y que supuestamente los haría millonarios. Al contrario, ellos se transformaron en mendigos.

Sus semillas nativas habían sido desplazadas con híbridos que no podían ser almacenados y debían ser comprados cada año a un alto costo. Los híbridos eran también muy vulnerables a los ataques de las plagas. Los gastos en pesticidas en Warangal se incrementaron en 2000%, desde 2.5 millones en 1980 a 50 millones en 1997. Ahora los campesinos se están comiendo los mismos pesticidas como un modo de matarse para escapar permanentemente de deudas que ya no pueden pagar.

Las corporaciones están ahora tratando de introducir semillas con ingeniería genética que aumentarán más los costos y riesgos ecológicos; es por eso que agricultores como Malla Reddy, del sindicato de agricultores de Andhra Pradesh, han desarraigado el algodón Bollgard genéticamente modificado de Monsanto en Warangal.

El 27 de marzo, Betavati Rattan, de 25 años, se quitó la vida porque no pudo pagar las deudas de un tubo de desagüe en su predio de dos acres. Las cisternas ahora están secas, como lo están las cisternas en Gujarat y en Rajasthan, donde más de 50 millones de personas se enfrentan a la muerte por hambre.

La sequía no es "un desastre natural". Ha sido "hecha por el hombre". Es el resultado de la extracción de la escasa agua subterránea de las regiones áridas para alimentar los sedientos cultivos de exportación en vez de los cultivos locales menos consumidores de líquidos.

Son experiencias como estas las que me han enseñado que estamos muy equivocados con respecto a la economía global y que es preciso detenernos a pensar acerca del impacto de la globalización sobre la vida de la gente común. Esto es vital para alcanzar la sustentabilidad.

Seattle y las protestas del último año en contra de la Organización Mundial de Comercio (OMC) nos obligan a todos a pensar de nuevo. A través de esta serie de conferencias, muchos ponentes se han referido a aspectos del desarrollo sustentable, dando la globalización como un hecho establecido. Para mí ya es hora de revaluar radicalmente lo que estamos haciendo. Ya que lo que hacemos a los pobres en nombre de la globalización es brutal e imperdonable. Esto es especialmente evidente en India, donde tenemos testimonios de los desastres que despliega la globalización, especialmente en lo que se refiere a alimentación y agricultura.

¿Quién alimenta al mundo? Mi respuesta es muy diferente a la de da la mayoría de la gente. Los principales proveedores de alimento en el Tercer Mundo son las mujeres y los pequeños campesinos que trabajan con la biodiversidad. Y, al contrario de la opinión dominante, sus pequeñas parcelas basadas en la biodiversidad son más productivas que los monocultivos industriales.

La rica diversidad y los sistemas sustentables de producción alimentaria están siendo destruidos en nombre de la creciente producción de alimentos. Sin embargo, con la destrucción de la diversidad desaparecen ricas fuentes de nutrición. Cuando se mide en términos de nutrientes por acre, y desde la perspectiva de la biodiversidad, la cacareada "alta productividad" de la agricultura industrial o de las pesquerías industriales no implican más producción de alimentos.

La productividad normalmente mide la producción por unidad de área de un monocultivo. El resultado se refiere a la producción total de diversos cultivos y productos. Por supuesto que plantar sólo un cultivo en un campo completo como monocultivo aumentará su productividad individual.

Al plantar múltiples cultivos en una mezcla que tendrá bajas productividades de cultivos individuales se logrará, sin embargo, una más alta entrega de alimentos. La productividad ha sido definida de tal manera que prácticamente hacemos desaparecer la producción de las pequeñas parcelas. Esto oculta la producción de millones de mujeres campesinas en el Tercer Mundo -agricultoras como las de mi Himalaya nativo, que luchan contra la tala en el movimiento Chipko o en sus campos terraceados donde hasta hoy crece la Jhangora, un tipo de arroz, el marsha (amaranto), el tur (un frijol), el urat (garbanzo negro), el gahat (garbanzo caballo), la soya, el bhat (otro tipo de soya)- una infinita diversidad en sus campos. Desde la perspectiva de la biodiversidad, la productividad basada en aquélla es más alta que la productividad del monocultivo. Por eso, llamo a esta ceguera ante la alta productividad de la diversidad "una monocultura de la mente", que crea monocultivos en nuestros campos y en nuestro mundo.

Los campesinos mayas en Chiapas, México, son caracterizados como no productivos porque rinden sólo dos toneladas de maíz por acre. Sin embargo, la producción de alimentos completa es de 20 toneladas por acre cuando se consideran también sus frijoles y sus calabacitas, sus verduras y los árboles frutales.

En Java, pequeños agricultores cultivan 607 especies en los jardines de sus casas. En el Africa Subsahariana, las mujeres cultivan 120 diferentes plantas; un solo jardín hogareño en Tailandia tiene 230 especies y los jardines africanos contienen más de 60 especies de árboles. Las familias rurales en el Congo comen hojas de más de 50 especies diferentes de árboles de sus parcelas.

Un estudio en Nigeria oriental reveló que las huertas hogareñas ocupaban solamente 2 por ciento de la tierra cultivable del grupo familiar y equivalían a la mitad del total de la producción agrícola. En Indonesia, 20 por ciento del ingreso de la familia y 40 por ciento de la provisión de alimentos domésticos proviene de huertos hogareños administrados por las mujeres.

Investigaciones de la Organización de Alimentos y Agricultura (FAO, por sus siglas en inglés) demuestran que las pequeñas haciendas de la biodiversidad pueden producir miles de veces más alimentos que los grandes cultivos industriales. Y que la diversidad, además de dar más alimentos, es la mejor estrategia para prevenir la sequía y la desertificación.

Lo que necesita el mundo para alimentar una población creciente de modo sustentable es la intensificación de la biodiversidad, no la intensificación química ni la intensificación de la ingeniería genética. Mientras las mujeres y los pequeños campesinos alimentan al mundo mediante la biodiversidad, se nos dice insistentemente que sin ingeniería genética y sin globalización de la agricultura el mundo se morirá de hambre. En contra de toda la evidencia empírica que muestra que la ingeniería genética no produce más alimentos y en los hechos a menudo lleva una declinación productiva, se promueve constantemente como la única alternativa a nuestro alcance para alimentar a los hambrientos.

Es por eso que preguntamos: ¿Quién alimenta al mundo? La deliberada ceguera ante la diversidad, la ceguera ante la producción de la naturaleza, la producción de las mujeres, la producción de los campesinos del Tercer Mundo, conduce a que la destrucción y la apropiación sean proyectadas como creación.

Consideremos el caso del tan alabado "arroz de oro", o de la vitamina A del arroz genéticamente modificado, como una cura para la ceguera. Se asume que sin la ingeniería genética no podemos remover la deficiencia en vitamina A. Sin embargo, la naturaleza nos da abundantes y diversas fuentes de vitamina A. Si el arroz no se descascara, provee vitamina A. Si no se echan herbicidas a nuestros campos de granos, tendríamos bathua, amaranto, hojas de mostaza tan deliciosas, así como verduras, todas las que proveen la vitamina A.

Las mujeres en Bengala usan más de 150 plantas como verdura -Hinche sak (Hendirá fluctuans), palan sak (Spinacea oleracea), tak palang (Rumex vesicarius), lal sak (Amarantus gangeticus), para nombrar sólo algunas.

Pero el mito de la creación presenta a los biotecnólogos como los creadores de la vitamina A, negando los diversos dones de la naturaleza y del conocimiento de las mujeres en cuanto a cómo usar la diversidad para alimentar a sus hijos y a sus familias.

El modo más eficiente de conducir la destrucción de la naturaleza, de las economías locales y de los pequeños productores autónomos, es hacer invisible su producción. Las mujeres que producen para sus familias y comunidades son tratadas como "no productivas" y "económicamente inactivas". La devaluación del trabajo de las mujeres, y del trabajo realizado en las economías sustentables es el resultado natural de un sistema construido por el patriarcado capitalista. Es así como la globalización destruye las economías locales, y como la misma destrucción es contada como crecimiento.

Y las mismas mujeres son devaluadas. Ya que muchas mujeres en las comunidades rurales e indígenas trabajan cooperativamente con los procesos de la naturaleza, su trabajo es a menudo contradictorio con las orientaciones de "desarrollo de mercado" y con las políticas comerciales. Y dado a que el trabajo que satisface necesidades y asegura sostenimiento es devaluado en general hay menos consideración por la vida y por los sistemas que dan soporte a la vida.

La devaluación e invisibilidad de lo sustentable de la producción regenerativa es más clara en el área de la alimentación. En tanto la división del trabajo patriarcal ha asignado a las mujeres el rol de alimentar a sus familias y comunidades, la economía patriarcal y los puntos de vista científicos y las tecnologías patriarcales hacen que el trabajo de las mujeres en la provisión de alimento desaparezca. "Alimentar al mundo" viene a ser disociado de las mujeres que corrientemente realizan este trabajo y es proyectado como dependiente del agro business global y de las corporaciones biotecnológicas.

Sin embargo, la industrialización y la ingeniería genética de los alimentos y la globalización del comercio en la agricultura son recetas para crear hambre, no para alimentar al pobre.

En todas partes, la producción de alimentos ha llegado a ser una economía negativa, con agricultores que gastan más en comprar costosos inputs de la producción industrial que superan el precio de lo que reciben por su producto.

La consecuencia es el alza de las deudas y la epidemia de suicidios, tanto en los países pobres como ricos.

La globalización económica está llevando a una concentración de la industria semillera, al uso creciente de pesticidas y, finalmente, al crecimiento de la deuda. La agricultura de capital intensivo, controlada corporativamente, se ha estado extendiendo a regiones donde los campesinos son pobres, pero donde hasta ahora habían sido autosuficientes en materia de alimentos. En las regiones donde se ha introducido mediante la globalización la agricultura industrial, con los altos costos se ha hecho imposible la supervivencia de los pequeños agricultores. La globalización de la agricultura industrial no sustentable ha ido evaporando literalmente los ingresos de los agricultores del Tercer Mundo, a través de una combinación de devaluación monetaria, aumento de los costos de producción y un colapso en el precio de las mercancías.

A los campesinos de todas partes se les ha estado pagando por la misma mercancía una fracción de lo que recibían hace una década. El Sindicato Nacional de Agricultores de Canadá lo señala de la siguiente manera en un informe del último año: "Mientras los agricultores que siembran granos -maíz, trigo, avena- obtienen retornos negativos y son empujados al borde de la bancarrota, las compañías que elaboran cereales para el desayuno obtienen grandes ganancias. En 1998, compañías cerealeras como Kellogg's, Quaker Oats y General Mills gozaron de retornos equivalentes a tasas del 56%, 165% y 222%, respectivamente. En tanto que un bushel de maíz se vendía a cuatro dólares, un bushel de cornflakes tenía un precio de 133 dólares... Quizás los agricultores estaban recibiendo demasiado poco porque otros obtenían demasiado." En tanto los campesinos ganaban menos, los consumidores pagaban más. En India, los precios de la comida se han doblado entre 1999 y el 2000. El consumo de alimentos basados en granos, ha disminuido 12%. El alza en las tasas de crecimiento, a través del comercio global, se basa en seudoexcedentes. Se comercian más alimentos mientras el pobre consume menos. Cuando el crecimiento hace crecer la pobreza, cuando la producción real llega a ser una economía negativa, y los especuladores son definidos como "creadores de riqueza", es que algo anda mal en los conceptos y categorías de riqueza y de creación de riqueza. Empujar la producción real de la naturaleza y de la gente hacia una economía negativa implica que la producción de mercancías y servicios reales está declinando, y que se está creando una miseria más honda a millones que no son parte del "dot.com" de la creación instantánea de riquezas.

Las mujeres -como ya lo he indicado- son las principales productoras y procesadoras de alimentos en el mundo. Y, sin embargo, su trabajo en la producción y en el procesamiento ahora ha llegado a ser invisible.

Recientemente, la McKinsey Corporation dijo: "Los gigantes americanos en materia de alimentos reconocen que el agrobusiness de India tiene todavía bastante espacio de crecimiento, especialmente en materia de procesamiento alimentario. India procesa apenas un minúsculo por ciento del alimento que produce, comparando con 70 por ciento en EU..." No es que nosotros los hindúes comamos cruda nuestra comida. Los consultores globales fracasan en ver 99% del procesamiento de comidas hecho por mujeres a nivel del hogar, o por las pequeñas industrias queseras, ya que no están controladas por el agrobusiness. 99% del agroprocesamiento en India se ha mantenido a propósito en un nivel bajo. Ahora, bajo la presión de la globalización, las cosas están cambiando: leyes de seudohigiene se están empleando para cerrar las economías locales y los procesamientos en pequeña escala.

En agosto de 1998, los procesos en pequeña escala de aceite comestible fueron prohibidos en India mediante una "norma de empacamiento" que no permitió la venta de aceite suelto, y reclamó que todo aceite debía venderse empacado en contenedores de plástico o de aluminio. Esto terminó cerrando los pequeños "ghanis" o molinos de presión fría. Destruyó el mercado de nuestras diversas semillas aceiteras -mostaza, linaza, sésamo, castaña y coco.

Y la conquista de la industria de aceite comestible afectó a los ingresos de diez millones de personas. La conquista de la harina o "atta" por las harinas empacadas costó el trabajo a cien millones. Y estos millones son empujados a una nueva pobreza.

El uso forzado de empaques aumentará el peso ambiental de millones de toneladas de desperdicios.

La globalización del sistema alimentario está destruyendo la diversidad de las culturas en materia de comida y las economías alimentarias locales. Una monocultura global se impone a la gente definiendo todo lo que es fresco, local o hecho a mano como un riesgo para la salud. Las manos humanas han sido definidas como el peor contaminante, y el trabajo de las manos humanas ha sido puesto fuera de la ley, remplazado por máquinas y químicos comprados a las corporaciones globales. No hay recetas para alimentar al mundo, salvo robar los medios de vida de los pobres para crear mercados para los poderosos.

A la gente se la percibe como parásitos, a ser exterminados para la "salud" de la economía global.

En el proceso, nuevos riesgos a la salud y a la ecología se han dejado caer sobre el Tercer Mundo a través del dumping de alimentos genéticamente modificados y otros productos peligrosos.

Recientemente, por culpa de la OMC, India ha sido forzada a alzar las restricciones sobre todas las importaciones.

Entre las importaciones sin restricciones están los cadáveres y desechos de animales que crean una amenaza a nuestra cultura e introducen riesgos a la salud pública, tales como la enfermedad de la vaca loca.

El Centro de Estados Unidos para Prevención de Enfermedades, en Atlanta, ha calculado que en EU ocurren cerca de 81 millones de casos de enfermedad que tienen su origen en la comida. Las muertes por envenenamiento de la comida ha subido cuatro veces debido a la desregulación. La mayoría de estas infecciones tienen su causa en la carne industrializada.

En EU se carnean 93 millones de cerdos, 37 millones de vacunos, 2 millones de terneros, 6 millones de caballos, chivos y ovejas, 8 billones de pollos y de pavos... cada año. Y ahora la industria gigante estadunidense quiere venirle a tirar a los consumidores de India la carne contaminada, producida mediante métodos violentos y crueles.

Lo que le sobra a los ricos se le arroja a los pobres. La riqueza del pobre es apropiada violentamente mediante métodos nuevos e inteligentes como las patentes sobre la biodiversidad y el conocimiento indígena.

Se supone que las patentes y los derechos de propiedad intelectual deben ser otorgados por los nuevos inventos. Pero las patentes se han reclamado por variedades de arroz tales como el asmati, por el que mi Valle -en donde nací- es famoso, o pesticidas derivados del Neem, que usaban nuestras madres y abuelas.

Rice Tec, una compañía con sede en EU, fue agraciada con la patente número 5 millones 663 mil 484 por el basmati y sus granos. El basmati, el neem, la pimienta, el gourd amargo, el turmeric... todo aspecto de la innovación encarnada en nuestras comidas indígenas y sistemas medicinales ha sido ahora pirateado y patentado. El conocimiento de los pobres ha sido convertido en la propiedad de las corporaciones globales, creándose una situación donde los pobres tendrán que pagar por las semillas y las medicinas que han hecho evolucionar y que han usado para satisfacer sus necesidades de nutrición y salud.

Tales falsos reclamos de creación son ahora norma global, con el Trade Related Intellectual Property Right Agreement (el Acuerdo sobre Derechos de Propiedad Intelectual relacionados al Comercio) de la OMC, que obliga a los países a introducir regímenes que permiten el patentado de las formas de la vida y del conocimiento indígena.

En vez de reconocer que los intereses comerciales se construyen sobre la naturaleza y la contribución de otras culturas, la ley global ha elevado a los altares el mito patriarcal de la creación para crear nuevos derechos de propiedad sobre las formas de la vida; del mismo modo como el colonialismo usó el mito del descubrimiento como base para hacerse de las tierras de otros como colonias.

Los humanos no crean la vida cuando la manipulan. El reclamo de Rice Tec, en el sentido de que ha "inventado una nueva variedad de arroz", o la declaración del Instituto Roslin de que Ian Wilmut "creó" a Dolly niegan la creatividad de la naturaleza, la capacidad autorganizadora de las formas de la vida, y las innovaciones anteriores de las comunidades del Tercer Mundo.

Se supone que las patentes y los derechos de propiedad intelectual son un preventivo contra la piratería. Pero en vez de eso han llegado a ser los instrumentos de la piratería del conocimiento tradicional común de los pobres del Tercer Mundo, al tornarlo "propiedad" de los científicos occidentales y de las corporaciones.

Cuando se otorgan patentes sobre las semillas y las plantas, como en el caso del basmati, el robo se define como creación, y la salvación y el compartir las semillas se define como robo de la propiedad intelectual. Las corporaciones que poseen amplias patentes sobre siembras, como el algodón, el frijol de soya, la mostaza, persiguen a los campesinos si guardan la semilla o si la comparten con sus vecinos.

El anuncio reciente de que Monsanto entrega gratis el genoma del maíz, llama a error, ya que nunca Monsanto se ha comprometido a que nunca patentará variedades de arroz o cualquier otro grano.

Compartir e intercambiar bases de nuestra humanidad y de nuestra sobrevivencia ecológica, han sido definidos como un crimen. Esto nos empobrece a todos.

La naturaleza nos dio abundancia, y el conocimiento de las mujeres sobre biodiversidad, agricultura y nutrición construyó sobre esa abundancia para hacer más de menos, para crear crecimiento mediante la generosa donación.

Los pobres son empujados hacia una pobreza más profunda, al hacerlos pagar lo que es de ellos. Los ricos se hacen más pobres, ya que sus ganancias se basan en el robo y en el uso de la coerción y de la violencia. Esto no es creación de riqueza, sino saqueo.

La sustentabilidad requiere de la protección de todas las especies y de toda la gente y del reconocimiento de que diversas especies y distintos pueblos juegan un papel esencial en el mantenimiento de los procesos ecológicos. Los polinizadores son críticos para la fertilización y generación de las plantas. La biodiversidad en los campos provee vegetales, forrajes, medicina y protección del suelo de la erosión del viento y del agua.

A medida que los humanos avanzan más hacia la no sustentabilidad, se vuelven más intolerantes con las otras especies, y ciegos respecto a su papel tan vital para nuestra sobrevivencia.

En 1992, cuando campesinos de India destruyeron la planta de semillas de Cargill en Bellary, Karnataka, protestando por el fracaso de estas semillas, el presidente de la Cargill dijo: "Nosotros les trajimos a los agricultores de India tecnologías inteligentes que prevenían que las abejas usurparan el polen".

Cuando participaba en las Negociaciones de Naciones Unidas para la Salud de la Vida, Monsanto hizo circular literatura para defender su herbicida resistente Roundup sobre la base de que prevenía "que las malezas se robaran la luz del sol". Pero lo que Monsanto llamaba "malezas" eran los campos verdes que proveían arroz con vitamina A, que prevenía la ceguera en los niños y la anemia en las mujeres.

Una visión del mundo que define la polinización como "el robo de las abejas", y que declara que la biodiversidad "le roba el sol" es una visión del mundo en la que ella misma tiene como objetivo robar las cosechas de la naturaleza y remplazarlas abiertamente por variedades polinizadas con híbridos y semillas estériles, mientras destruye la flora biodiversa con herbicidas como el mencionado Roundup. La amenaza proyectada sobre la mariposa monarca por cultivos con ingeniería genética bt es también un ejemplo de la pobreza ecológica creada por las nuevas biotecnologías. Mientras las abejas y las mariposas desaparecen, la producción es socavada. A medida que desaparece la biodiversidad, con ella se van las fuentes de la nutrición y de la comida.

Cuando las grandes corporaciones ven a los pequeños campesinos y a las abejas como ladrones, y mediante normas de comercio y nuevas tecnologías buscan el derecho a exterminarlos, la humanidad ha alcanzado un umbral peligroso. El imperativo de pisotear hasta al más pequeño insecto, la más pequeña planta, al más pequeño campesino, surge de un miedo profundo -el miedo a todo lo que esté vivo y sea libre. Y este profundo miedo, esta profunda inseguridad está desencadenando la violencia contra todos los pueblos y todas las especies.

La economía global de libre mercado ha llegado a ser una amenaza a la sustentabilidad, y la misma sobrevivencia de los pobres y de las demás especies está en juego, no como un efecto lateral o como una excepción, sino de un modo sistemático a través de la restructuración de nuestra visión del mundo desde sus bases más fundamentales. La sustentabilidad, la donación y la supervivencia han sido puestas fuera de la ley económica en nombre de la competitividad y de la eficiencia del mercado.

Desearía argumentar que necesitamos hacer reingresar urgentemente al interior de este cuadro a los pueblos y al planeta.

El mundo puede ser alimentado solamente alimentando a todos sus seres, que son los que hacen el mundo.

Al proporcionar alimentos a otros seres y especies mantenemos a la par las condiciones para nuestra propia seguridad alimentaria. Al alimentar a las lombrices de la tierra nos estamos alimentando nosotros. Al alimentar a las vacas, alimentamos al suelo, y al alimentar al suelo, proveemos de alimentos a los humanos. Esta visión del mundo en abundancia, se basa en compartir y en una profunda percepción de los humanos como miembros de la familia terrestre. Esta percepción de que empobreciendo a otros seres nos empobrecemos nosotros, y que al alimentar a otros seres, nos alimentamos nosotros, es la base real de la sustentabilidad.

El reto de la sustentabilidad para el nuevo milenio es si el hombre económico global puede salir de la visión del mundo basada en el miedo a la escasez, los monocultivos y los monopolios, la apropiación y la desposesión, y virar hacia una visión basada en la abundancia y la donación generosa, la diversidad y la descentralización, y el respeto y la dignidad para todos los seres.

La sustentabilidad demanda que nos salgamos fuera de la trampa económica que no deja espacios para otras especies y otros pueblos. La globalización económica ha llegado a ser una guerra contra la naturaleza y contra los pobres. Pero las reglas de la globalización no fueron dadas por Dios. Pueden ser cambiadas. Deben cambiarse. Debemos llevar esta guerra hasta el final.

Desde Seattle, una frase usada muy frecuentemente ha sido la necesidad de un sistema basado en normas. La globalización es la norma del comercio y ha elevado a Wall Street a ser la única fuente de valor. Como resultado, cosas que tienen valores más altos -como la naturaleza, la cultura y el futuro-, han sido devaluados y destruidos. Las normas de la globalización están socavando las normas de la justicia y de la sustentabilidad, de la compasión y de la generosidad. Debemos salirnos del totalitarismo del mercado hacia una democracia de la tierra.

Podremos sobrevivir como especies sólo si vivimos bajo las normas de la biosfera. La biosfera tiene suficiente para las necesidades de todos, si la economía global respeta los límites de la sustentabilidad y de la justicia.

Alguna vez Gandhi nos recordó: "La tierra tiene bastante para las necesidades de todos, pero no para la avaricia de algunos".

(*) Vandana Shiva, doctora, escritora, activista y conferencista hindú. Directora de la Research Foundation for Science, Technology and Ecology (Fundación de Investigación para la Ciencia, Tecnología y Ecología). El texto es la conferencia pronunciada por la autora en The Nehru Museum, Delhi, India, el 27 de abril de 2000, en un ciclo organizado y transmitido por la BBC de Londres.Tomado de la página electrónica: news.bbc.co.uk

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