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fue el resultado de un movimiento
de los vecinos, que bien puede ser un modelo de organización.
Nunca Más Inundaciones (Numaín)
fue la agrupación que luchó para concretar la presa
del Ludueña. Después se disolvió, pero quedó
un grupo de voluntarios que se juntan ante cada amenaza de una crecida
o para seguir luchando por las tareas complementarias.
Las inundaciones de 1986 fueron una
"catástrofe histórica y sin precedentes",
según el intendente de la época, Horacio Usandizaga.
Afectó a siete barrios y miles de rosarinos fueron evacuados.
El desborde del Ludueña anegó durante tres días
las calles y las viviendas de Empalme, hubo vecinos que permanecieron
en los techos y otros se mudaron a los terraplenes del ferrocarril.
El doctor Daniel Gurevich tenía
34 años cuando tuvo que sacar las historias clínicas
de sus pacientes a la calle porque se le inundó la casa.
Hoy recuerda la bronca que tuvo con la gente que fue a mirar la
desgracia ajena. Ese sentimiento se repite en varios testigos del
momento. Es que el barrio siempre estuvo encerrado y la única
salida era la calle Paso.
La bronca se tradujo en lucha y así
nació Numaín, a una semana de la inundación
y bajo la forma de una asamblea popular. "Fue como una forma
de resolver los duelos y empezar de nuevo", admite el comerciante
Daniel Pavoni (43 años).
El movimiento se gestó a partir
de la unión de la gente, más allá de las diferencias.
"Se juntaron el cura, el comunista, el empresario y el obrero.
A todos les llegó el agua", rememora Leonildo Foresto
(77), pionero del grupo junto a otros que ya no están, como
Virginio Ottone, el padre Gullián o Domingo Polichiso.
Numaín no se quedó
en el reclamo y siguió hasta conseguir la obra. Tuvo dirigencia,
organización y objetivos claros, justos y plurales. Peleó
por una inversión que benefició a otros trece barrios
y a una población de 200 mil personas. Participaron voluntades
de otras zonas y se complementó la fuerza de los jóvenes
con el tesón de los más viejos.
Su gente golpeó puertas y
encontró respuestas. El Estado invirtió unos 50 millones
de dólares entre la presa, el aliviador, el entubado y otros
trabajos.
Una vez concluida la tarea, los dirigentes
del movimiento se fueron a casa. Hoy algunos están en una
especie de comité de emergencia, "por las dudas",
y todavía pelean por lo que falta: canalizar el arroyo Ibarlucea
por fuera del municipio de Rosario y el Ludueña desde Newbery
hasta la presa.
A pesar de la obra, en los vecinos
está presente el fantasma de un nuevo desborde. "Ante
cada lluvia se va a ver cómo viene el arroyo, o frente a
una inundación, por más lejana que sea, la gente te
pregunta qué puede pasar aquí", reconoce el titular
de la vecinal, Osvaldo Ortolani, cuya vivienda también se
inundó.
Es increíble que hoy, a una
cuadra de tubos de 8 metros de diámetro, haya familias que
todavía se inunden. No por el arroyo, sino debido al agua
que se estanca en las zanjas por falta de mantenimiento.
Empalme cambió después
de la inundación. Llegó el progreso: se mejoró
el 98 por ciento de las calles, que eran de tierra; ensancharon
la avenida Paso; abrieron nuevas salidas (Solís, Génova);
hubo nuevas edificaciones y aumentaron los índices demográfico
y poblacional.
Claro que los problemas ahora son
otros. El barrio toba multiplicó sus habitantes y se consolidó
la villa. En ese sector, la desocupación trepa al 90 por
ciento y en el resto de la zona al 60. Allí se dio el primer
aviso en los saqueos de diciembre pasado.
En muchos anida el germen de un nuevo
movimiento que pasa por otro "nunca más", como
lo fue el de las inundaciones que se les volvió imborrable.
El
recuerdo
A 16 años de su conformación,
la gente de Numaín recuerda a tres pioneros del movimiento
que hoy ya no están. Son el vecinalista Virginio Ottone,
el sacerdote Agustín Gullián y el ilustre vecino Domingo
Polichiso.
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