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Diversas y autorizadas fuentes coinciden en señalar
que, en nuestro país, la caza furtiva o ilegal está
aumentando aceleradamente. En algunos casos, es impulsada por el
creciente problema del hambre que sufren los habitantes de ciertas
zonas rurales. En otros, obedece a la falta de recursos adecuados
para establecer un sistema de vigilancia y control, lo cual estimula
la actividad ilegal.
También cabe citar otro factor gravitante:
la corrupción de algunos funcionarios administrativos y judiciales
de varias provincias. Esos agentes públicos, con el velado
argumento de que la caza furtiva es un mal menor, se muestran tolerantes
con esa actividad ilegal a cambio de dinero o influencias. El resultado
es que la caza, que podría ser una actividad generadora de
fuentes de trabajo si estuviera bien controlada, está poniendo
en peligro los recursos que intenta explotar.
Muchos cazadores aprovechan la falta de control
para infringir la ley. Ante esa realidad, los cazadores deportivos
deberían extremar sus esfuerzos para diferenciarse de los
furtivos. De este modo se aprovecharía con eficiencia una
herramienta de conservación, generadora de recursos, como
es la caza deportiva.
A veces, desde el propio Estado se estimula la
actividad ilegal en evidente contradicción con disposiciones
o principios legales de nivel superior. En la provincia de Formosa,
por ejemplo, recientemente se ha dado a conocer una norma que permite
la caza de fauna silvestre en todo el territorio provincial, aunque
otorgando esa libertad exclusivamente a las comunidades aborígenes.
Aún si se considerara que esta medida puede aportar una solución
al problema del hambre, la norma seguiría siendo injusta,
por la discriminación que hace en favor de un sector de la
población respecto de otros. Valdría preguntarse,
por ejemplo, si acaso no hay formoseños de otras procedencias
culturales con necesidades básicas insatisfechas. Obviamente,
el hambre no alcanza a explicar el motivo central de la resolución
gubernamental, que atenta contra diversas leyes provinciales y nacionales.
En el mundo, la caza furtiva y el tráfico
de animales movilizan anualmente unos 20 mil millones de dólares,
en una actividad penada por la ley que sólo es superada por
el narcotráfico y la venta ilegal de armas. Y la Argentina
no está quedándose atrás en las estadísticas.
La liberación prácticamente indiscriminada de permisos
de caza, como los que se pueden generar en Formosa, tienden a estimular
la caza furtiva como negocio, mucho más que como herramienta
para enfrentar el problema del hambre. La caza furtiva pone en peligro
no sólo el futuro de las especies afectadas, sino a las ya
muy debilitadas economías regionales.
El director técnico de River Plate, Ramón
Díaz, afronta en estos días, justamente, la perspectiva
de una condena penal por haber matado animales dentro del Parque
Nacional Talampaya, situado en la provincia de La Rioja y declarado
parte del Patrimonio Mundial por la Unesco. Díaz fue sorprendido
por una patrulla conjunta de guardaparques y de gendarmes cuando
se encontraba cazando liebres y perdices con un arma calibre 22.
Las autoridades de las provincias y del Estado
federal deben tomar estos temas con seriedad y responsabilidad.
Si se trata de recomponer la imagen de la Argentina, no será
a través de medidas que estimulan el descontrol, sino consolidando
el respeto por la ley.
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