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El río Pilcomayo bajo amenaza en Bolivia Pueblos guaraníes, weenhayek y tapiete denuncian contaminación minera, presión petrolera, deforestación y pérdida de peces en una de las arterias vitales del Gran Chaco.

El río Pilcomayo bajo amenaza en Bolivia

El río Pilcomayo bajo amenaza en Bolivia no es solo un título: es una advertencia urgente sobre un cauce que atraviesa el Gran Chaco sudamericano y que hoy carga con el peso de la minería, el gas, la deforestación y el cambio climático. Para los pueblos guaraní, weenhayek y tapiete, este río no es solo un accidente geográfico: es vida, memoria, alimento y espíritu. Pero aquello que alguna vez fue abundancia se ha convertido en un paisaje de escasez y contaminación que pone en riesgo a comunidades enteras.

El río como memoria y sustento

“Nosotros somos parte del río y el río es parte de nosotros”, recuerda Luisa Retamoso, artesana weenhayek que evoca los tiempos —no tan lejanos— en que el Pilcomayo ofrecía peces abundantes y jornadas de pesca que garantizaban la subsistencia. Hoy la escena es otra: peces más pequeños, menos cantidad y una pesca que apenas alcanza para sobrevivir.

El Pilcomayo es hogar de especies emblemáticas como el sábalo, el dorado, el surubí y la boga. Su disminución afecta no solo la economía local, sino también la identidad cultural de las comunidades, para quienes el río es un padre, un refugio y un territorio espiritual.

La contaminación minera desde Potosí

En su nacimiento, en el departamento de Potosí, el Pilcomayo arrastra una herida histórica: la minería. Desde tiempos coloniales, metales pesados como plomo, mercurio, arsénico, cadmio y zinc son descargados en sus aguas. Todo lo que cae allí viaja aguas abajo, se acumula en humedales, se filtra en los suelos agrícolas y alcanza las mesas de las familias ribereñas.

Los desastres se repiten en la memoria local: la falla del dique en Porco (1996), el derrame en Itos (2000), el colapso del dique Santiago Apóstol (2014) y, más recientemente, el vertido de 13.000 toneladas de residuos tóxicos por parte de la cooperativa Agua Dulce en 2022.

Estudios recientes confirman niveles de metales pesados muy por encima de lo permitido por la OMS y la Ley de Medio Ambiente de Bolivia. Incluso se han detectado concentraciones de arsénico y mercurio en cabellos de niñas y niños indígenas, llegando a cuadruplicar los valores aceptados.

Impacto en la salud y en la reproducción de los peces

Las consecuencias son profundas. En las comunidades ribereñas se incrementan los problemas neurológicos, gástricos y las lesiones en órganos vitales. También aumenta el riesgo de cáncer. Y en el ecosistema, los peces pierden la capacidad de completar su ciclo reproductivo.

En el bañado La Estrella, en Argentina, las migraciones naturales se ven interrumpidas por construcciones humanas, regulación del cauce y pesca ilegal. La integridad del río se resquebraja, y con ella la seguridad alimentaria de miles de personas.

El líder indígena Marcelo Villafuerte lo resume con crudeza: “el río está herido de muerte”. Según su testimonio, la pesca cayó un 60 % en los últimos veinte años, debilitando los medios de vida tradicionales y la soberanía cultural de las comunidades.

La amenaza petrolera

Como si la presión minera no bastara, en la cuenca media, cerca de la comunidad de Yuati, operan los pozos del campo gasífero Margarita, a cargo de la transnacional Repsol. Diez de esos pozos están prácticamente sobre la orilla del río. Vecinos y dirigentes indígenas denuncian derrames y desechos vertidos al Pilcomayo, pero no obtienen respuestas ni de la empresa ni del Estado.

“El gobierno no escucha, todo botan”, reclama el dirigente guaraní Santiago Camacho. El temor crece: si el cauce continúa degradándose, la palma —materia prima de artesanías fundamentales para la economía local— también desaparecerá. La deforestación y la fragmentación del monte agravan aún más el riesgo.

Deforestación y cambio climático

El Gran Chaco, segundo bosque continuo más grande de Sudamérica, se encuentra bajo una presión feroz. La expansión ganadera y el avance de monocultivos de soja devoran el bosque nativo, provocando erosión, sedimentación y pérdida de hábitats esenciales. Cada hectárea que cae afecta la capacidad del Pilcomayo para mantener su curso, filtrar agua y sostener vida.

El cambio climático actúa como un amplificador: lluvias más erráticas, sequías prolongadas, crecientes más violentas y una alteración del régimen hídrico que trastoca la dinámica natural del río. “Las aguas sangran por dentro”, dicen los pobladores. Es una metáfora, pero también una realidad ecológica.

La alianza por el Corredor Pilcomayo

Frente a este escenario surge el proyecto del Corredor Pilcomayo, impulsado por la organización Nativa y apoyado por The Pew Charitable Trusts. La iniciativa abarca más de 350.000 hectáreas en Tarija, y busca crear un área de manejo integral que conserve biodiversidad, garantice derechos territoriales y permita actividades sostenibles como apicultura, ganadería bajo monte y recolección de frutos nativos.

“No será un parque cerrado”, aclara Iván Arnold, director de Nativa. La idea es construir un modelo flexible de conservación que respete a las comunidades, fortalezca su economía y reduzca las presiones extractivas.

Voces de resistencia y propuestas

Diversas voces locales expresan su diagnóstico y sus alternativas:

Francisco Pérez Nazario, capitán grande weenhayek, relata que consumen agua y pescado contaminados porque no tienen otra opción.

Gabriela Camacho, artesana de Yuati, relata: “el río es como nuestro padre, es todo para nosotros”.

Tomás Rivero, pescador y emprendedor turístico, promueve la pesca deportiva como una salida sostenible.

Entre todos emerge una demanda central: crear un “candado ecológico” que frene la expansión de monocultivos y la tala indiscriminada.

Dimensión cultural y regional

El Pilcomayo es un eje cultural y ecológico que une a Bolivia, Argentina y Paraguay. Sostiene alimentos, economía y tradiciones. Para David Tecklin, de Pew Charitable Trusts, conservar la hidrología natural es vital para las especies migratorias y para una región que vive bajo estrés hídrico permanente.

Este río es una escuela de saberes: enseña cuándo pescar, cómo leer el monte, cómo respetar el pulso de las aguas. Sin él, las culturas del Gran Chaco perderían una de sus raíces más profundas.

Conclusión: un río herido que aún resiste

El Pilcomayo enfrenta hoy cuatro amenazas principales:

  1. Sedimentación y retroceso del cauce.
  2. Contaminación minera en la cuenca alta.
  3. Contaminación petrolera en la cuenca media.
  4. Sobreexplotación pesquera y alteración de los ciclos reproductivos.

A esto se suma la acción insuficiente —o ausente— de los gobiernos de Bolivia, Argentina y Paraguay, lo que agrava la vulnerabilidad socioambiental y profundiza la pobreza.

El Pilcomayo, arteria vital del Gran Chaco, está herido, pero no vencido. Las comunidades indígenas y las organizaciones ambientales continúan su defensa con la esperanza de que este río siga siendo fuente de vida, cultura y memoria para las generaciones que vienen.

Este artículo fue elaborado por el equipo de barrameda.com.ar y con el apoyo de herramientas de redacción asistida por inteligencia artificial.